Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





lunes, 12 de diciembre de 2011

Ricardo Andrés Barrero Silva

Cuando yo nací todavía no me tenían nombre. Mi mamá dudaba entre varias opciones que no se perfilaban con la seriedad de una candidatura verdadera y mi papá no era muy dado a nombrar las cosas que tenía. Había crecido en una finca sin nombre, custodiada por perros que respondían a cualquier chasquido, habitada por vacas que cumplían su función sin que mediara un vínculo entre ellas y la tierra que pastaban. No sabía en qué punto exacto del cementerio de Buga estaban enterrados sus papás y a veces incluso dudaba si estaban enterrados en Buga. En esas circunstancias era difícil que mi papá encontrara alguna relación entre mi nombre y mi personalidad o entre mi nombre y mi futuro.

Al final fue Edison Duque el que lo escogió. Era el contador de la empresa donde trabajaba mi papá; un tipo con el que trabajé muchos años después, flaco, serio, calvo, de voz gravísima, amable, gay. Edison escogió Jorge Andrés, en una época en que el Andrés era la marquilla de los nombres escogidos por la clase obrera. Mi colegio estaba plagado de todas sus combinaciones: Jairo Andrés, Ricardo Andrés, Fabio Andrés, Andrés Mauricio, Oscar Andrés, Jaime Andrés.

De todos ellos recuerdo especialmente a Jaime Andrés Quintero Gaviria. Tuve noticias esporádicas de él porque crecimos en la misma ciudad. Lo veía con cierta frecuencia, leí en el periódico cuando fue nombrado jefe de comunicaciones de la universidad, supe por mi mamá (que se encontró con la mamá de él) que era sicólogo, que la hermana estaba bien, que tal vez se casara el año siguiente.

También me acuerdo de Ricardo Andrés Barrero Silva, pero lo que recuerdo de él es diferente. Los hechos se acumulan uno tras otro formando una serie coherente que me permite ver su aspecto con claridad, pero todo se desarrolla sobre un escenario turbio, como si su recuerdo estuviera aislado en una pieza del servicio a la que uno solo entra cuando vende la casa.

A los ocho años, Ricardo Andrés Barrero Silva ya tenía cabeza de adulto. Su cara hacía pensar en un divorcio prematuro de la fantasía y los puños eran duros, como dispuestos a romper la nariz de un profesor en un momento de furia.

Hoy pensé en él. Fue como hacer un movimiento necesario de una de las fichas de segundo orden que componen la memoria.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Fábrica de pintura

Estaba muy pequeño cuando me propuse el primer objetivo serio de mi vida: pintar todas las casas del barrio. Todas, de esquina a esquina, cuadra por cuadra, incluyendo la del Doctor Chávez. El método era innovador pero no por eso de mal gusto. Arriba de mi casa, yendo hacia el parque de Riosucio, por una zona que todavía no había sido urbanizada, había montañas de tierra verde, roja y amarilla. Era una tierra compacta que no se desmoronaba al tacto, similar a la arcilla, una especie de plastilina. Por la tarde, cuando salía de la escuela, me iba para allá con un tarro metálico vacío, un balde lleno de agua y un colador. Me escondía detrás de alguna piedra y empezaba con el procedimiento que convertía un terrón amarillo en medio frasco de pintura lista para usarse en las fachadas blancas y simplonas de las casas de mi barrio. Hacía todo eso cerciorándome de que no había nadie por ahí espiando mi procedimiento. Algún ladrón que fuera a enriquecerse a costa de mi ingenio presentando la idea como propia.

Pasaba muchas horas colando la tierra e imaginándome cómo iba a pintar los zócalos de un color y el resto de la casa de otro. De uno que combinara, para que el barrio entero quedara satisfecho con su nueva cara. Movía el colador sobre la boca del tarro y echaba encima una cantidad de agua exacta que obedecía a una fórmula perfeccionada tras meses de trabajo. Una de esas tardes, mientras arrancaba terrones rojos vi que más allá de las montañas amarillas una pareja discutía algo en voz baja. Fue un diálogo breve al cabo del cual ella se bajó los pantalones y se puso de espaldas. Después se los bajó él y se pegó a ella de una forma automática y sencilla que también parecía obedecer a alguna fórmula perfeccionada tras muchos meses de trabajo. No miré hasta el final porque me faltaba mucho para completar mi meta diaria de dos tarros de pintura, que terminé casi a las seis de la tarde a causa de la interrupción.

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Cuando Doña Edith me dijo “tan lindo” y me dio un beso, supe que me iba a decir que no. Había reunido muchos tarros de pintura en el patio de mi casa y consideré que ya era oportuno empezar a pintar por lo menos las fachadas de mi cuadra antes de que la pintura empezara a endurecerse.

El objetivo fue fracasando de puerta en puerta hasta hacerme desistir completamente de la idea. A la mayoría de los vecinos, mi proyecto les parecía enternecedor. En el fondo eso era lo que más me molestaba. Hubiera entendido perfectamente un “No, gracias, la casa está bien así”, o “Ahora no tengo plata”, pero tenían que acariciarme la cabeza, darme un bombón y mandarle saludes a mi mamá como si yo no fuera ya una existencia independiente digna de hacer proyectos y contratar.

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Muchos años después pasé por las montañas de tierra que ya han sido urbanizadas en gran parte. Ahora sería difícil para una pareja esconderse ahí. El de la pintura fue el proyecto más importante de mi vida, el que más impacto iba a tener en la sociedad.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Yasha Mazur

En El mago de Lublin, Yasha Mazur se refería a Zeftel como una de aquellas personas sobre las que se cierne esa sensación de transitoriedad, propia de los que habiendo arrancado sus raíces se sienten extraños hasta de sí mismos. Zeftel era probablemente la menos querida de sus amantes. La desaparición de su esposo la había relegado a una posición social indefinida, pero claramente desfavorable, de la que solo lograba surgir parcialmente cuando Yasha la visitaba en intervalos separados por muchos meses de distancia. Yasha, a su vez, estaba perdido. Dormía hasta tarde, engañaba a varias mujeres y consideraba el suicidio solo para resistirse a vivir tal como estaba planteado. Solo para eso, porque Yasha no estaba aburrido viviendo.

***

En Hastings me sentaba por la tarde en la playa. Cuando salía de clase compraba una cerveza, varias latas de atún y escogía un punto alejado para sentarme. Al frente estaba el mar y sumergidas en él muchas formas de vida y restos de naufragios. Pensaba que mucha gente había estado en ese mismo lugar a lo largo de la historia. Gente que desembarcó ahí desde Normandía para tomarse Inglaterra en 1.066. Guerreros nerviosos, cocineros, utileros, gente con sed de sangre que dejó algún rastro en la historia, una huella pequeña, el cimiento de muchas casualidades posteriores.

Después me iba caminando hasta mi casa. Siempre había muchas mujeres por ahí. A algunas les miraba el culo, dependiendo de mi estado de ánimo. A veces estaba tan aburrido que solo miraba los más grandes. Pero no es que estuviera aburrido, es que me parecía que la vida no tenía sentido y sentía que debía asumir una actitud más apropiada frente a una vida sin sentido; una cara más amarga, un interés más serio en destruirlo todo o por lo menos en no disfrutarlo tanto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Pérdidas y justicia

El tío Aníbal es una de esas personas que defienden sus cosas con valor y sin embargo las pierden. Hace muchos años su esposa le confesó que le era infiel mientras él trabajaba en las minas de mercurio. De su infidelidad nació un hijo que lo miraba compasivo desde la cuna cuando llegaba temblando a causa del daño neurológico, inevitable, después de meses doblando turno en los socavones. - Yo primero mercaba y con lo que me quedaba tomaba aguardiente; dice el tío Aníbal, recalcando la injusticia, la deshonra, la rabia que le daba doblar turnos para alimentar un bastardo.

Después estuvo ocho años en una cárcel de la amazonía. Después le mataron un hijo por robarle el camión en un viaje a la costa. Después se le fue desbaratando la pequeña fortuna que había acumulado yuca tras yuca, papa tras papa, en las galerías de Yarumal, Puerto Valdivia y Campamento.

Las pérdidas tienen un historial hasta el que raramente retrocede. Cuando tenía tres años se le murió la mamá. Los dedos se le llenaron de niguas y la cabeza de piojos. Algún día se los sacudió y se enfrentó a la vida con valor; se metió al ejército, abrió un negocio, compró un camión. Compró un arma y regalos para las hermanas. Hizo justicia por donde pasaba, justicia de verdad, comida para los pobres, bala para los agresivos, confites para los niños.

El Tío ya no debe pensar mucho en la justicia. Aseguró la vejez con la renta de una cafetería pequeña en Timbío que surte hasta la mitad de la estantería. Se sienta detrás del mostrador y ve, a través de la puerta, una o dos esquinas del mundo que lo acogió durante ochenta años, dándole y quitándole, lo que quiso y lo que no quiso.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Steinar

En Paraíso reclamado, Steinar de Steinahlidar es reconocido por su habilidad para construir muros de piedra; un talento que casi pasa desapercibido cuando sus vecinos notan que el esfuerzo que le cuesta construirlos es insignificante frente a la dedicación que le cuesta mantenerlos. De hecho muchos de los muros que rodean su propiedad no fueron construidos por Steinar, sino por su abuelo y su bisabuelo, muchos años atrás, cuando Islandia era solo una propiedad danesa perdida en el mar a la que la distancia que la separaba de cualquier imperio colonial y su aislamiento histórico le conferían una cierta soberanía.

Su propiedad era un ejemplo de laboriosidad y de empeño incansable. Cuando notaba que las piedras eran desacomodadas por los aludes del invierno, se apresuraba a conseguir piedras mejores que no dejaran advertir el desgaste natural que los muros habían sufrido a lo largo de los años. Los pastos siempre estaban verdes en Hlidar. Las ovejas rotaban con disciplina de un potrero a otro en una rutina aprendida de generación en generación. Las bridas de los caballos siempre estaban en buen estado y las vacas no daban más, ni menos leche, de la que se esparaba que dieran.

Steinar era una de esas personas que reflejan su bondad evitando las respuestas contundentes. Ante una proposición indeseada respondía siempre con un vago ji ji ji, un ji ji ji que no lo comprometía y que con el paso del tiempo le aseguró algún respeto entre los vecinos.

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C. Bukowski propuso que la moralidad dependía del desorden; que un hombre moral siempre tenía la cocina desarreglada y que unos platos limpios eran propios de alguien de quien, por lo general, se podía sospechar.

Antes, cuando no había tenido a mi cuidado cosas más importantes que un vaso, un huevo o un juguete pensaba que eso podía ser cierto. Que el orden exterior podía ocultar un desorden interior sucio y vicioso. Ahora no tanto. Me dieron un perro enfermo y pienso que está bien llevarlo al veterinario y darle cumplidamente los medicamentos. Me gusta cambiar los bombillos que se funden, remojar las matas y pintar los marcos de las ventanas que empiezan a descascararse. Es posible que con eso esté camuflando alguna aberración desagradable, pero creo que se haría más desagradable si la cultivara en el olor a cobija mientras miro con indolencia la salsa de tomate seca sobre los platos. Opino que la gente se hace mejor en los oficios manuales, en la carpintería, en la jardinería o la mecánica, porque su destinación exclusiva a encontrar un producto final, un artículo real, en contraste con el rumbo indefinido del mundo, da una seguridad que la maldad escasamente se atreve a penetrar.

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Steinar estuvo varios años en Utah con los mormones. Se lo llevaron tentado con la promesa de encontrar allí la verdad; eso que sabía que existía pero que le parecía lejano cuando estaba en Hlidar reparando los muros o puliendo las bridas. Al regresar, muchos años después, encontró los muros destruidos y las piedras diseminadas por todo el campo. Alguien que pasaba lo vio recogiendo las piedras y le preguntó qué hacía. Steinar le contestó -Encontré la verdad y la tierra adonde reside. Eso es importante, desde luego, pero ahora me parece más importante construir de nuevo este muro.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Dos goles

Cuando nos pagan, Daniel Mauricio cruza la calle hacia los cajeros de Bancolombia y saca los $470.500 que le pagan por ser aprendiz de archivo documental. Su contrato tiene un sello que aparece en letras moradas debajo de la firma del gerente, un sello que sentencia una condición ambigua por la que todos se preguntan y de la que se derivan su 1.50 de estatura, la conformación extraña de sus manos y una mirada profunda que muchos confunden con impertinencia o incluso con insubordinación. La inscripción DISCAPACITADO se extiende justo al lado del número de su cédula como si fuera un atributo más de su personalidad equiparable al número telefónico, la dirección o el lugar de nacimiento.

Todos los días, a las 5:30 de la tarde, Daniel Mauricio entra a mi cubículo, me da la mano y se despide efusivamente antes de mezclarse con la multitud enajenada del metro hasta la estación Itagüí. La semana pasada me preguntó si iba a jugar fútbol el jueves en Señor Gol . -Se lo digo a usted, pero solo a usted: prometo meter dos goles, me dijo, revelándome una premonición que a la postre se cumplió y que él mismo se encargó de recordarme cuando nos poníamos otra vez la ropa en el camerino. - Dos goles, ¿se acuerda?. Me lo dijo entre risas, porque siempre le sale una risa grande mientras trabaja, cuando juega fútbol o cuando uno de los otros practicantes se refiere a él como Manyoma. En este momento me está mirando desde el fondo del archivo. Se está riendo mientras rasga montones de expedientes viejos, sentado en una caja llena de más expedientes viejos.
A veces veo algo más detrás de esos ojos amarillos; tal vez a un bienaventurado, a un limpio de corazón que será grande cuando entre, mirando para todos lados, al reino de los cielos.