Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





miércoles, 17 de diciembre de 2014

¿Dónde estamos?

Hoy compré un café antes de entrar al trabajo. Me saludó Andrés, uno de Cooperación que estaba con una de esas contratistas carilavadas que uno sabe que descienden de algún exsenador en decadencia. Un Holguín, un Turbay, un Pombo al que le deben un favor de 3 pesos: lo suficiente para poner a la sobrina a sentirse diplomática durante un par de temporadas. Ella saluda como supongo que se viene: en silencio, discreta.

Andrés es de Manizales pero es tan pulido, tan amanerado, tan exacto, y dice tanto "claramente", que es evidente que ha pasado en Bogotá más de diez años. Es claro que está convencido de algo. De "ese canon estético". El de los vestidos exclusivamente grises y azules, el de la corrección política ensombrecida por una casi imperceptible insubordinación que denote buen origen familiar.  Es casi una mujer pero sin ser homosexual. Es un hombre de oficina; esa cosa que al menor descuido se chupa toda la hombría y la convierte en trabajo.

Recuerdo que el tío Herman renunció a ser juez. Me dijo que se estaba convirtiendo en un juez y se preocupó. Él no es que sea un romántico pero es un tipo sensible. Me dijo que veía a Ignacio, el Juez Quinto, y le dio miedo empezar a ser como él sin darse cuenta. Justo, en la medida en la que lo permitieran los códigos; mal vestido, con tics. El tío Herman no podía ser así. Él es un prevaricador por excelencia. Alguien en quien todavía predominan los principios campesinos por encima de la Ley y la ética.

Yo veo mi clóset y solo tengo vestidos azules y grises. Mantengo las manos casi tan impecables como una mujer. Oigo a mis compañeros decir emocionados que van para "Presidencia". Que vieron al PRESIDENTE, que vieron a LA MINISTRA. Hace tiempo no oigo la palabra "cacorro", nunca veo que alguien reaccione. Nunca veo que alguien tome una decisión buena que viole la Ley, nunca nadie prevarica.

Yo intento resistir todos los días pero hay batallas tan largas que uno no se da cuenta cuando las pierde. Sin embargo, resistir y resistir puede equivaler a una especie de victoria, pero al final, cuando no hay nadie que resista, cuando en un extremo queda el vencedor y en el otro el vacío, el perdedor queda en evidencia. Y ahí voy a estar yo, en evidencia, con mis vestidos exclusivamente grises o azules, apaciguado, diciendo "claramente" en cada frase, feliz de estar viendo al PRESIDENTE o a la MINISTRA y con ese miedo de vivir, con ese miedo de decirle viejo cacorro a algún viejo cacorro.

viernes, 24 de octubre de 2014

El minuto de Dios


A veces parece que uno estuviera viviendo de forma inútil, sin fondo, sin causa. Que las actividades que conforman la vida no tuvieran relación con nada medianamente profundo. Que lo que uno hace todos los días no tuviera sentido. Y, sin embargo, la vida sí parece tenerlo. Tanto que uno no renuncia a ella y sigue viviendo con un entusiasmo casi ininterrumpido. Es porque todas esas cosas sin sentido se juntan y terminan por conformar un argumento sólido. Una especie de historia bien planteada que no permite que se pierda la expectativa. Cada hora inocua, cada paso torpe, cada tarde frente al computador, son la radiación artística de fondo de un argumento central, oscuro y, sin embargo, concreto: la vida.

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Dónde estamos?

Alfonso Reyes, en el prólogo de  El hombre que fue Jueves, advierte sobre un peligro que enfrentamos diariamente: hay que esforzarse por vivir al paso de la vida, hay que revolucionar hasta para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a degenerar de su esencia

Mantener las costumbres puede, entonces, requerir un esfuerzo más grande que cambiarlas. Porque la gente quiere cambiar a toda costa. El himno, el escudo nacional, los hábitos, el celular. Y en ese ánimo atropellado de cambio, la gente, por ejemplo, se tatúa. Y claro, los entiendo: un tatuaje es un símbolo de algo. De que no soy como mi papá que no se tatuaba. De que no soy como mi abuelo. De que soy algo nuevo. Y así pasa con todo. Y al final, los domingos por la tarde estamos fríos, nerviosos, como animalitos esperando a que caiga la noche y aparezcan, entre las ramas, los depredadores.

Recuerdo a Harry Haller en El lobo estepario diciendo que le gustaban las escaleras que conducían a la habitación que había tomado en alquiler. Un hombre que se pudría moralmente, atormentado por sus debates internos, alababa el olor a jabón y a trementina, la limpieza y el cuidado de las plantas. Pero más que nada, lo emocionaba el contraste del caos interno, de la debacle existencial, con el rigor higiénico exterior.

Quiero llenar de valor mis hábitos. No es tan malo estar limpio, bien motilado, respetar a la mamá, saludar en la calle, madrugar, vivir con una mujer que todavía parezca una mujer; pero sobre todo ¿Qué es lo que tiene de bueno lo contrario?

Si progresar es motilarse distinto, bañarse menos y extender los límites del arte hasta la barbaridad de unas latas superpuestas, me quedo en mi refugio mental conservador y plano, donde no tengo que exhibir un buen gusto reinventado cada seis meses que denote la afinidad de mi espíritu con la de millones de muchachos iguales todos, rebeldes todos, alrededor del mundo. Me quedo en mi madriguera ideológica donde la mamá se respeta, la ropa se lava, la esposa está buena y los hombres se defienden de los ladrones.

El progreso apaga la pasión. Nos obliga a convivir, a aguantar. Y yo, yo soy un conservador. Y prefiero ser despedido en medio de las conjeturas sobre el más allá, con luto y rezos de fondo, que en medio de esa frialdad escéptica de las ciudades y de los citadinos. Prefiero la costumbre parroquiana de velar a los muertos toda la noche, de homenajearlos con flores y despedirlos con oraciones en latín, que la certeza de la muerte eterna certificada por un médico rural. Un niño seguro de que solo somos carne de la que debemos deshacernos rápidamente una vez nos apaguemos.



martes, 16 de septiembre de 2014

¿Dónde estamos?

Una de las cosas que más me gusta hacer con Maria Alejandra es mercar. Los sábados nos despertamos temprano, nos bañamos y salimos para la galería oliendo a champú. Simulo que escojo la yuca, como los papás de los años 70 y 80 que habían sido criados en el campo y se sentían defraudados en su hombría cuando les salía una yuca mala. Compramos paquetes de mil de unas cebollitas pequeñas que son muy buenas porque uno utiliza una por vez y no hay necesidad de guardar la mitad en la nevera durante semanas. Pasamos por donde nuestro amigo rapado de los comandos azules y le compramos arepas blancas, amarillas, de chócolo y esos wraps que tanta elegancia les dan a los almuerzos que llevamos a la oficina. Nos ha dado muestras gratis de una marca de nachos y totopos que promociona, pero aún no nos hemos decidido a comprarle. Nuestro amigo es bueno; está lleno de tatuajes y siempre tiene la camiseta de Millonarios pero es bueno. Es una especie de asesino de buen corazón, que montó su negocio y lo lleva con gracia, regido por los principios de la honradez y la buena atención.

Leo, el de los aguacates nos vende 3 por 5.000. Al principio nos deslumbró el puesto del ají donde atiende Claudia, pero al descubrir que un solo ají puede durar un año, solo vamos allá a comprar aceitunas y condimentos. Este año, la libra de papa criolla ha estado entre 1.500 y 2.000, lo que en cierta medida afecta el presupuesto familiar, aunque no tanto como la mora que ha pasado de 1.200 a 2.500 hasta estabilizarse en 1.800. También compramos acelgas, zanahorias, espinaca, pescado, rúgula, tomate de ensalada, lechuga, chicharrón, bananos, cerveza, mandarinas, alas y pechugas de pollo, papa pastusa, champiñones, mazorcas, queso Paipa y doblecrema, bolsas para la basura, raíces chinas, arroz, granadillas y panela.

Después compramos las flores, porque no solo de pan vive el hombre, sino también de pequeños lujos, de placeres diarios, y de la belleza que hace que se nos olvide, por lo menos durante la mayor parte del tiempo, que nos vamos a morir, que nos van a enterrar, y que vamos a convertirnos en esqueletos pegados a jirones de ropa, que duermen bajo pedazos de piedra donde constan el nombre, la fecha de nacimiento y la fecha final, y donde faltan datos tan importantes como el número de cédula que nos acompañó toda la vida y el RH que ya de nada nos servirá.

Usualmente compramos claveles blancos y rojos. Llegamos a la casa y los acomodo en dos floreros y cuatro botellas que previamente lleno de agua con cloro para que no huelan a cementerio cuando se marchiten. Maria Alejandra pica las verduras y las mete en bolsas en el congelador. Yo pelo la yuca y acomodo las frutas en las canastas. Quedamos cansados y nos acostamos. A veces vemos una película. Otras veces llenamos un crucigrama. A las 6 suena el himno nacional en el radio y los dos coincidimos en que nos deprime un poco. Pero es solo un poco. Lo suficiente para no andar por ahí derrochando felicidad.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Nueve años de soledad

Estábamos por ahí después de hacernos embolar los zapatos en el parque, cuando vimos su figura inconfundible de morrocoy prehistórico a quien el hecho de tener todos los órganos destrozados no le impide caminar, ni seguirlos destrozando de forma esporádica en cantinas que escoge con meticulosidad según la moda, o la música que su oído, ya sin acústica, le permite escuchar desde el andén.

Nunca pensé que a sus 93 años al tío Zabulón todavía le gustara ir donde las putas. En todo caso, fue muy sutil para llevarnos hasta el fondo del grill, acomodarnos rigurosamente contra la pared (como en los tiempos de la violencia) y hacernos ordenar la primera botella de aguardiente, mientras le susurraba algo en la oreja a una negra de Buenaventura con su eterno aliento de guarapo trasnochado.

-¿Usted es de África?, alcancé a oír que le decía.

En la inocencia de las 11 de la mañana, el tío Herman y yo lo habíamos invitado a una cerveza. No nos pareció una imprudencia dejar que un anciano de 93 años escogiera el lugar. Ni que al final descartara la cerveza y se inclinara por lo que ha tomado toda la vida. Se negó a entrar a los primeros tres estanquillos que sugerimos y al final señaló con la boca la esquina pintada de rojo y amarillo desde la que salía el coro de Nueve años de soledad, de Darío Gómez. Una vez sentados, después de una pausa de varios minutos, en la que subió las cejas una y otra vez como diciendo vea dónde los traje, nos explicó con una seriedad que se sintió extranjera en el momento -Aquí es bueno, porque las muchachas son desenvueltas. 

- ¿El trabajo es un hábito o un vicio? Nos había preguntado después de los primeros tres o cuatro aguardientes. También les preguntó a los que pasaban por ahí sin entender muy bien la situación. Algunos contestaron después de pensar un poco. Otros, lo primero que se les ocurrió. Otros lo ignoraron. Era un buen momento, un momento familiar. Un momento filosófico. Tres animaluchos destinados a morir. El tío Zabulón nos hacía sentir como iguales. Nos habló de algunas mujeres de su vida, compartimos las copas. Le tocó las tetas a la negra, nos dio toda su confianza.

No nos impuso su sabiduría, ni nos repletó de consejos de viejo. Y él es muy viejo porque una persona como él solo puede acumular algo: tiempo. Su concepción del tiempo le impide despedirse. Para él solo hay un principio y un fin. Después de la última botella nos llevó a su casa. En la casa solo había polvo, la Virgen y un equipo Sony que parecía primo de unos tenis Nike de basketbolista. Nos preguntó si sabíamos hacerlo funcionar. Nos pasó un CD de Los Relicarios para ensayarlo. Llegó un pastor alemán y el Tío Zabulón se agachó para quedar a la altura de su hocico. Le habló un rato. El perro pareció entenderlo todo. No alcancé a oír lo que le decía, pero al parecer era algo importante. O algo muy importante.

La última vez que lo vieron se despidió. Cuando vuelva a Riosucio ya no van a estar él, ni la abuela. Voy a volver a la esquina pintada de rojo y amarillo y me voy a sentar como una especie de Sócrates borracho y rodeado de putas. Me voy a sentir solo en el mundo, como Darío Gómez antes de ser famoso, en sus peores momentos.  Como si alguien me hubiera soplado el alma después de comerse un halls.

lunes, 8 de septiembre de 2014

¿Dónde estamos?

Hay algo que todos sabemos pero que no deja de ser sorprendente cada vez que uno lo piensa: el hombre es muy nuevo. El hombre, como es ahora, como se relaciona, vive y subsiste es una criatura completamente nueva. Un mico que evolucionó aceleradamente. Un primate que se paró en dos patas para poder llevar cosas en la mano y al que todavía le duele la espalda por la posición vertical a la que intenta acostumbrarse sin mucho éxito.

 Hace 50.000 años, el homo erectus, uno de esos eslabones intermedios entre el simio y el humano, apenas estaba empezando a poblar Eurasia entre aullidos y golpes y, 43.000 años después, hombres de verdad, como los de ahora, estaban estableciendo entre el Tigris y el Eúfrates las primeras sociedades complejas, con escritura, rueda, cabras, caballos, vacas y marranos domésticos.

Muchas cosas que ahora son cotidianas, como la crema dental, el champú, el televisor, las carreteras y los carros no existían (o su uso no se había popularizado)  dos o tres generaciones atrás.  Pero más allá de las cosas, lo que sorprende de la evolución es la transformación de los hábitos. El hábito de fumar, por ejemplo, pasó de ser un símbolo de elegancia, a una costumbre considerada casi por unanimidad detestable. Y todo en un tiempo muy corto; ¿10, 20, 30 años?. Como este, muchos otros hábitos han sufrido procesos similares: primero son aceptados, después cuestionados, criticados, aborrecidos y finalmente, incluso, penalizados. 

O al revés: el abigeato, durante gran parte del siglo XX en Colombia, fue una conducta con tipo penal aparte, duramente castigado, distinguido del hurto simple, causante de gran indignación social y motor principal del aparato policial, que paulatinamente fue perdiendo importancia, dejó de ser prioritario, de estar en la mente de las autoridades, hasta dejar de ser delito y convertirse, de nuevo, en una forma de hurto sin connotaciones especiales.

Cuando empezaron a aparecer los peajes en Colombia, la gente no los pagaba. Cuando la policía, que al principio era una especie de infancia misionera armada (en un país donde todo el mundo estaba armado), empezó a hacer retenes en la carretera, la gente no se detenía. Recuerdo que en mi familia nadie tuteaba, ni siquiera a los niños, hasta 1.986 que llegó la esposa de un tío diciendo "No debes hacer eso". "Tómate la sopa" y esa, de pronto, pareció una costumbre civilizada: tutear a los niños como símbolo del proceso intelectual que nos hace mejores.

Y así hemos ido cambiando. Reemplazamos unos valores por otros que inmediatamente calificamos como "mejores". Y con el tiempo se vuelven hábito. Y con un poco más de tiempo se vuelven ley. Y así, contra todo pronóstico, los hombres terminamos arreglándonos las uñas. Nada raro que en el 2050 nos echemos colorete y nos pongamos tetas de silicona para levantar. Lo digo sin ironía.