Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





miércoles, 28 de enero de 2015

Puskás

Cuando veo el gol de James Rodríguez contra Uruguay, siempre recuerdo que ese día se murió mi abuela. Yo estaba  en la casa de abajo viendo el partido sin volumen mientras ella respiraba artificialmente en su habitación, rodeada de sus santos y con la foto del abuelo en la cabecera. Desde el jueves anterior nos habían dicho que se moría, que no pasaba del domingo. El viernes, aunque incrédulo de las profecías de las moiras de bata blanca, viajé a la casa. Por respeto y por agüero no quise empacar corbata, ni vestido, ni camisa blanca, ni zapatos elegantes.

Veía el partido con sentimiento de culpa. De hecho, desde que la abuela se enfermó tuve sentimiento de culpa. La miraba a los ojos y sentía que la ofendía hablando de cosas intrascendentes, mientras la muerte se gestaba en su interior. Sentía que violaba un acuerdo básico, que irrespetaba la proximidad de su fin. Es difícil proponer otro tema cuando la muerte está en una habitación. Es difícil disimular que todo se está cayendo, que los ángeles llevan meses merodeando por la casa a la espera de la noticia final.

En las últimas semanas, los canales deportivos han transmitido muchas veces la jugada completa que termina con James Rodríguez recibiendo el balón en el pecho y soltando el aire acumulado en sus cachetes, a medida que descuelga el empeine de su guayo izquierdo, casi sin calcular, casi sin pensarlo, sobre el balón que se va volando en curva hasta el travesaño del arco defendido por un Fernando Muslera que parece un gato tratando de cazar a otro gato, más hábil, endemoniado, lleno de maña.

En ese momento a mi abuela le quedaban sus últimas 400, 500 o 600 respiraciones completas. A pesar de haberla sentido tan fría cuando la toqué, a pesar de saberlo, de estar seguro, de verlo en las caras de todos, conservaba una esperanza. De que no se fuera todavía, de que se tratara de una batalla de trámite y no de la definitiva. De haber promovido su vida al no empacar mi vestido elegante, mis zapatos, mi corbata y mi camisa blanca.

Antes, mucho antes, en 1987, cuando ni siquiera había nacido James Rodríguez, la abuela me decía que fuera a la huerta por papas criollas, rábanos y zanahorias. Estábamos solos, a 2.800 metros de altura, sin energía eléctrica, casi sin vecinos, rodeados de montañas y lagunas, de perros, vacas, mulas y cerdos. Ella tenía 53 años y yo 5. Y éramos amigos, pero no como un nieto que respeta a su abuela y una abuela que consiente a su nieto. Éramos amigos auténticos, de los que,  sin mucha consideración por la posición jerárquica, comparten sus problemas y sus alegrías.

Abel Aguilar cabeceó hacia el área un mal rebote concedido por Álvaro Pereyra. A James Rodríguez casi que lo tomó por sorpresa. He visto el gol con varias narraciones. La colombiana, la española, la inglesa, la brasilera, la rusa. Es como si quisiera reconstruir el momento en el que a mi abuela le quedaban 400, 500 o 600 respiraciones completas. Veo ese gol tan bonito, armonioso y casi perfecto, que todo el mundo celebra con un UFFFF y siento por él un odio leve; un deseo de convertirlo en un simple postazo que no me recuerde nada.


lunes, 19 de enero de 2015

L.A



El 20 de diciembre estaba cayendo un aguacero apocalíptico. Yo me revolcaba en la cama, en calzoncillos, con ese dolor de rodillas que me causa el guayabo y con la cabeza taladrada por un escuadrón de demonios que se ensañaban recordándome la culpa. Aunque por la tarde se iría para siempre, Maga me llevó un sánduche y me preguntó si estaba bien. Me lo preguntó con auténtico cariño, con la devoción del que ha decidido tener un gesto de humanidad con su victimario. Algunas horas después, me sugirió sentarme para tomarme un dólex y me dijo que me dejaba algunas empanadas en la cocina. Repitió constantemente que no se quería ir mientras empacaba como una niña su ropa, sus zapatos, sus aretes, sus collares y sus pijamas.

Lo raro es que tenía motivos de sobra para matarme pero me trataba con una compasión tan sincera que me hacía sentir que no había ofendido a una mujer de 26 años sino a una especie de ángel transparente y moralmente inalcanzable. Inalcanzable para mí, por supuesto, que vivo en las sombras, enceguecido por los coletazos de una moral tergiversada. Que tengo una mancha, una filtración, una humedad maligna en el alma. Un bloqueo insuperable que no me permite ser bueno del todo.

Mientras se desvanecía la imagen de una economista preparando licitaciones, sentada en un escritorio, pensando en el cupo de la tarjeta de crédito, tomaba fuerza la de esa especie de criatura misericordiosa y maternal que me amamantaba con su perdón infinito y me dejaba solo por esa profunda imposibilidad de que yo cambiara algún día. La veía con su gorrito de lana, sentada al pie de la cama y pensaba que aunque algo estaba muy mal, con el tiempo iba a estar mucho peor. Esperaba a que pasara el apocalipsis para irse para siempre. Por momentos se acostaba y pensaba. Me acariciaba. Me preguntaba una y otra vez si estaba bien.

Casi dos años antes habíamos llegado a Bogotá con la promesa de vivir juntos y construir ladrillo a ladrillo un futuro común. Compramos desde cucharas de palo hasta nevera y pequeñas obras de arte. Hicimos planes y viajes. Organizamos las flores en los floreros. Vimos House of Cards y discutimos sobre marcas de champú.

Cuando se fue no supe qué hacer. Me sentí como un demonio perdonado y, sin embargo, justamente abandonado. Puse a calentar la empanada y le di un mordisco. Antes, en esos momentos, me ponía irascible. Eventualmente le daba un puñetazo a la pared y decía "vida hijueputa". Ya no. Es como si viviera más tranquilo con mi mancha. Como si poco a poco me estuviera acostumbrando a una condición personal que no me satisface, pero que está tan arraigada y es tan confusa que solo yo puedo comprender por el hecho de haber vivido toda la vida con ella. No se trata de ninguna clase de cariño por esa condición. Es una especie de compasión, de perdón. De duelo por esa parte de uno que uno mismo odia profundamente.

En la casa todavía está una pijama azul con huellitas de oso. Es el tipo de cosas que dejan los ángeles por donde pasan.



miércoles, 17 de diciembre de 2014

¿Dónde estamos?

Hoy compré un café antes de entrar al trabajo. Me saludó Andrés, uno de Cooperación que estaba con una de esas contratistas carilavadas que uno sabe que descienden de algún exsenador en decadencia. Un Holguín, un Turbay, un Pombo al que le deben un favor de 3 pesos: lo suficiente para poner a la sobrina a sentirse diplomática durante un par de temporadas. Ella saluda como supongo que se viene: en silencio, discreta.

Andrés es de Manizales pero es tan pulido, tan amanerado, tan exacto, y dice tanto "claramente", que es evidente que ha pasado en Bogotá más de diez años. Es claro que está convencido de algo. De "ese canon estético". El de los vestidos exclusivamente grises y azules, el de la corrección política ensombrecida por una casi imperceptible insubordinación que denote buen origen familiar.  Es casi una mujer pero sin ser homosexual. Es un hombre de oficina; esa cosa que al menor descuido se chupa toda la hombría y la convierte en trabajo.

Recuerdo que el tío Herman renunció a ser juez. Me dijo que se estaba convirtiendo en un juez y se preocupó. Él no es que sea un romántico pero es un tipo sensible. Me dijo que veía a Ignacio, el Juez Quinto, y le dio miedo empezar a ser como él sin darse cuenta. Justo, en la medida en la que lo permitieran los códigos; mal vestido, con tics. El tío Herman no podía ser así. Él es un prevaricador por excelencia. Alguien en quien todavía predominan los principios campesinos por encima de la Ley y la ética.

Yo veo mi clóset y solo tengo vestidos azules y grises. Mantengo las manos casi tan impecables como una mujer. Oigo a mis compañeros decir emocionados que van para "Presidencia". Que vieron al PRESIDENTE, que vieron a LA MINISTRA. Hace tiempo no oigo la palabra "cacorro", nunca veo que alguien reaccione. Nunca veo que alguien tome una decisión buena que viole la Ley, nunca nadie prevarica.

Yo intento resistir todos los días pero hay batallas tan largas que uno no se da cuenta cuando las pierde. Sin embargo, resistir y resistir puede equivaler a una especie de victoria, pero al final, cuando no hay nadie que resista, cuando en un extremo queda el vencedor y en el otro el vacío, el perdedor queda en evidencia. Y ahí voy a estar yo, en evidencia, con mis vestidos exclusivamente grises o azules, apaciguado, diciendo "claramente" en cada frase, feliz de estar viendo al PRESIDENTE o a la MINISTRA y con ese miedo de vivir, con ese miedo de decirle viejo cacorro a algún viejo cacorro.

viernes, 24 de octubre de 2014

El minuto de Dios


A veces parece que uno estuviera viviendo de forma inútil, sin fondo, sin causa. Que las actividades que conforman la vida no tuvieran relación con nada medianamente profundo. Que lo que uno hace todos los días no tuviera sentido. Y, sin embargo, la vida sí parece tenerlo. Tanto que uno no renuncia a ella y sigue viviendo con un entusiasmo casi ininterrumpido. Es porque todas esas cosas sin sentido se juntan y terminan por conformar un argumento sólido. Una especie de historia bien planteada que no permite que se pierda la expectativa. Cada hora inocua, cada paso torpe, cada tarde frente al computador, son la radiación artística de fondo de un argumento central, oscuro y, sin embargo, concreto: la vida.

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Dónde estamos?

Alfonso Reyes, en el prólogo de  El hombre que fue Jueves, advierte sobre un peligro que enfrentamos diariamente: hay que esforzarse por vivir al paso de la vida, hay que revolucionar hasta para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a degenerar de su esencia

Mantener las costumbres puede, entonces, requerir un esfuerzo más grande que cambiarlas. Porque la gente quiere cambiar a toda costa. El himno, el escudo nacional, los hábitos, el celular. Y en ese ánimo atropellado de cambio, la gente, por ejemplo, se tatúa. Y claro, los entiendo: un tatuaje es un símbolo de algo. De que no soy como mi papá que no se tatuaba. De que no soy como mi abuelo. De que soy algo nuevo. Y así pasa con todo. Y al final, los domingos por la tarde estamos fríos, nerviosos, como animalitos esperando a que caiga la noche y aparezcan, entre las ramas, los depredadores.

Recuerdo a Harry Haller en El lobo estepario diciendo que le gustaban las escaleras que conducían a la habitación que había tomado en alquiler. Un hombre que se pudría moralmente, atormentado por sus debates internos, alababa el olor a jabón y a trementina, la limpieza y el cuidado de las plantas. Pero más que nada, lo emocionaba el contraste del caos interno, de la debacle existencial, con el rigor higiénico exterior.

Quiero llenar de valor mis hábitos. No es tan malo estar limpio, bien motilado, respetar a la mamá, saludar en la calle, madrugar, vivir con una mujer que todavía parezca una mujer; pero sobre todo ¿Qué es lo que tiene de bueno lo contrario?

Si progresar es motilarse distinto, bañarse menos y extender los límites del arte hasta la barbaridad de unas latas superpuestas, me quedo en mi refugio mental conservador y plano, donde no tengo que exhibir un buen gusto reinventado cada seis meses que denote la afinidad de mi espíritu con la de millones de muchachos iguales todos, rebeldes todos, alrededor del mundo. Me quedo en mi madriguera ideológica donde la mamá se respeta, la ropa se lava, la esposa está buena y los hombres se defienden de los ladrones.

El progreso apaga la pasión. Nos obliga a convivir, a aguantar. Y yo, yo soy un conservador. Y prefiero ser despedido en medio de las conjeturas sobre el más allá, con luto y rezos de fondo, que en medio de esa frialdad escéptica de las ciudades y de los citadinos. Prefiero la costumbre parroquiana de velar a los muertos toda la noche, de homenajearlos con flores y despedirlos con oraciones en latín, que la certeza de la muerte eterna certificada por un médico rural. Un niño seguro de que solo somos carne de la que debemos deshacernos rápidamente una vez nos apaguemos.



martes, 16 de septiembre de 2014

¿Dónde estamos?

Una de las cosas que más me gusta hacer con Maria Alejandra es mercar. Los sábados nos despertamos temprano, nos bañamos y salimos para la galería oliendo a champú. Simulo que escojo la yuca, como los papás de los años 70 y 80 que habían sido criados en el campo y se sentían defraudados en su hombría cuando les salía una yuca mala. Compramos paquetes de mil de unas cebollitas pequeñas que son muy buenas porque uno utiliza una por vez y no hay necesidad de guardar la mitad en la nevera durante semanas. Pasamos por donde nuestro amigo rapado de los comandos azules y le compramos arepas blancas, amarillas, de chócolo y esos wraps que tanta elegancia les dan a los almuerzos que llevamos a la oficina. Nos ha dado muestras gratis de una marca de nachos y totopos que promociona, pero aún no nos hemos decidido a comprarle. Nuestro amigo es bueno; está lleno de tatuajes y siempre tiene la camiseta de Millonarios pero es bueno. Es una especie de asesino de buen corazón, que montó su negocio y lo lleva con gracia, regido por los principios de la honradez y la buena atención.

Leo, el de los aguacates nos vende 3 por 5.000. Al principio nos deslumbró el puesto del ají donde atiende Claudia, pero al descubrir que un solo ají puede durar un año, solo vamos allá a comprar aceitunas y condimentos. Este año, la libra de papa criolla ha estado entre 1.500 y 2.000, lo que en cierta medida afecta el presupuesto familiar, aunque no tanto como la mora que ha pasado de 1.200 a 2.500 hasta estabilizarse en 1.800. También compramos acelgas, zanahorias, espinaca, pescado, rúgula, tomate de ensalada, lechuga, chicharrón, bananos, cerveza, mandarinas, alas y pechugas de pollo, papa pastusa, champiñones, mazorcas, queso Paipa y doblecrema, bolsas para la basura, raíces chinas, arroz, granadillas y panela.

Después compramos las flores, porque no solo de pan vive el hombre, sino también de pequeños lujos, de placeres diarios, y de la belleza que hace que se nos olvide, por lo menos durante la mayor parte del tiempo, que nos vamos a morir, que nos van a enterrar, y que vamos a convertirnos en esqueletos pegados a jirones de ropa, que duermen bajo pedazos de piedra donde constan el nombre, la fecha de nacimiento y la fecha final, y donde faltan datos tan importantes como el número de cédula que nos acompañó toda la vida y el RH que ya de nada nos servirá.

Usualmente compramos claveles blancos y rojos. Llegamos a la casa y los acomodo en dos floreros y cuatro botellas que previamente lleno de agua con cloro para que no huelan a cementerio cuando se marchiten. Maria Alejandra pica las verduras y las mete en bolsas en el congelador. Yo pelo la yuca y acomodo las frutas en las canastas. Quedamos cansados y nos acostamos. A veces vemos una película. Otras veces llenamos un crucigrama. A las 6 suena el himno nacional en el radio y los dos coincidimos en que nos deprime un poco. Pero es solo un poco. Lo suficiente para no andar por ahí derrochando felicidad.