Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





lunes, 7 de julio de 2014

Flor de un día

Lo último fue el Tío Aníbal sentado con nosotros en el comedor, nervioso por la tristeza, contando las historias de Toñito, un primo que en los años 50 mató a un teniente, a un sargento y a un cantinero.

Un poco antes, las lágrimas, el desconsuelo de ver la casa vacía, la habitación inerte de la abuela, los santos sin sentido en un rincón, los pasillos fantasmagóricos de la casa, las vacas que, como en los libros, entraban y se comían las cortinas, el recuento de sus últimos días, sus pertenencias huérfanas, las pipas de oxígeno, la cartuchera sintética con las utilidades diarias del almacén, el recuerdo del momento exacto de su muerte, la precisión de ese momento: vida, vida, vida, vida y después (un después muy corto): muerte.  

Antes de eso, era el sepulturero. El cemento, la espátula, las botas de caucho y al fondo la música. Y detrás de la música, Cristina, la del almacén, los primos terceros, los esposos de las tías, los amigos de los esposos de las tías, los campesinos, las señoras respetables del pueblo, la muchacha que le arreglaba las uñas, la gente que uno ha visto toda la vida.

Ese mismo día por la tarde, la misa. "Dios es verdad", "Eres mi pastor Oh Señor, nada me faltará si me llevas tú". Y la música. Y la sensación de las barras del ataúd en los dedos. Del ataúd de una persona que uno quiso tanto. Y un primo lejano e inoportuno, borracho, diciendo "primo, llevémosla al hombro", y el desgano para contestarle. Y la sensación de no estarla cargando para salvarla de algo.  

Antes la agonía. Antes de eso la enfermedad. Antes, solo un poco antes, las reformas en la casa, los días normales. Ella como una flor. Y el destino, silencioso, tejiendo una amenaza sobre su vientre. Y yo viéndola y pensando: parece una flor.

Y antes de eso, lo primero: yo todavía inconsciente de la vida y un personaje amoroso que llegó con un elefante de peluche. Y que me llevó con ella de vacaciones.



miércoles, 11 de junio de 2014

¿Dónde estamos?


Esta semana mi novia y yo nos compramos un sedán grande, 2.5, negro, con cojinería de cuero, sun roof, caja secuencial, rin 17, mejor dicho tremenda nave, como me dijo ayer que lo llevé a la casa Juan Pablo, un amigo de acá del trabajo que es de ese Medellín que se imaginan en Francia y en Estados Unidos.

No puedo negar que me siento muy bien ahí. Adentro huele como a Franckfurt, como a oficina de gerente, como a closet de magistrado. 

En general me parece que las cosas no dan la felicidad, pero la calidad de ciertas cosas o el número en que uno las tenga sí lo ponen a uno contento. Es como las palmeras, que son cosas. O los atardeceres, que en el fondo también son cosas. 

martes, 15 de abril de 2014

¿Para dónde vamos?

Siento que soy un animal muy curioso. Supersticioso. Confiado en el poder de la cadena de oro que me regalaron entre mi mamá y mi abuela. Confiado en lo que pueda hacer mi papá por mi desde alguna ubicación estratégica entre los querubines y los serafines. Más o menos seguro de caerle bien a Dios la mayor parte del tiempo. Regularmente crédulo en un buen futuro, en una decente sucesión de segundos, en un camino más o menos limpio de sorpresas. 

Pero al mismo tiempo sé que hay una sorpresa de la que no me voy a poder librar. Y no serán $20.000 más en la cuenta. No será un regalo inesperado. Ni siquiera una noticia. O sí: una noticia. Con mi nombre en tercera persona. 

martes, 1 de abril de 2014

La suerte

Recuerdo cuando estaba en el colegio que el profesor decía que el Espíritu Santo no iba a llegar a resolvernos el examen de matemáticas. Yo pensaba que de pronto sí. 

El exceso de preparación hace que la gente desprecie la suerte. Oportunidad y preparación, se lee como equivalente de la suerte en los libros de liderazgo; pero tanto la oportunidad como la preparación requieren esfuerzo y la suerte está precisamente reservada para provocar efectos inesperados y grandiosos sin que medie una causa, sin que medie un esfuerzo. La única causa de las cosas que provoca la suerte, es esa: la suerte. 

Yo no podría decir que tengo buena suerte. No sé. Las cosas me salen bien pero a Carlos Slim le salen mejor. Lo que pasa es que dudo que Carlos Slim ponga las cosas en manos de la suerte. Yo sí. Y no me las estoy dando de valiente; al contrario. Si pongo las cosas en manos de la suerte es porque creo que si las hago yo no me salen tan bien, porque confío más en la vida (no en mi vida, sino en esa cosa que nos alberga a todos) que en mi mismo.

martes, 28 de enero de 2014

¿Dónde estamos?

Cuidando video beams.


El laurel tiene dos destinos: la cabeza del héroe o el estofado 
Manuel Vincent



Maria Alejandra, mi novia, tuvo uno de los trabajos más curiosos de los que he escuchado. Cuidaba video beams. Ella también fue mesera, vendía ropa y todas esas cosas que uno hace mientras estudia en la universidad, pero me llamó la atención que cuidara video beams. Alguien los alquilaba para eventos o conferencias y ella estaba pendiente, por $15.000 al día, de que no fallaran, de que no se cayeran, de que no se los robaran o los cambiaran por otros más baratos. 

Cuidar un video beam parece un buen generador de espacios para reflexionar. Es decir, las novedades que se pueden presentar mientras se cuida un video beam durante ocho horas consecutivas, parecen pocas. Y parece que, en efecto, así era. Se iba para atrás a leer un libro o a estudiar para los parciales de estadística mientras pasaba algo que ameritara atención, o se cumplieran las ocho horas del contrato de arrendamiento. Lo que pasara primero.

Estar sometido al paso del tiempo; de ocho largas horas en las que no pasa nada, puede resultar aterrador. En las oficinas la gente quiere responsabilidades, necesita actividad, algo que haga honor a las especiales características de sus cerebros, que garantice el cumplimiento de sus retos, algo "no operativo", que no deje tiempo para pensar en lo raro que es todo: el nacimiento, la muerte, la desigualdad, el azar. 

Pero algo sucede mientras uno espera a que el tiempo pase. Uno no empieza a ser ninja por el final. Dando patadas mortales y volando por los aires. Se empieza lijando. Mientras uno espera, algo se vuelve duro por dentro. Es como lijar una tarima con la mirada. La gente no quiere desperdiciar su vida cuidando video beams pero mientras uno espera, desperdicia eso que fue hecho para desperdiciarse. Lo desperdicia tranquilo. Lo desperdicia haciendo carrizo. Se desperdicia uno mismo. Y sale y cobra los $15.000 y entrega los video beams, sin saber que se está volviendo un ninja.







   

martes, 29 de octubre de 2013

¿Para dónde vamos?

Encarna

Se está muriendo la Tía Encarna, la del hotel. Le decimos Encarna de cariño pero tiene un nombre de esos que retumban: María Encarnación Ramírez Largo. Y ella, más que vivir, lo que ha hecho durante estos últimos noventa años es, también, retumbar. 

Mi mamá dice que cuando estaba joven y le ayudaba en el restaurante, no era capaz de seguirle el ritmo. Que era un ritmo sobrenatural. Parecía desatrasándose a una velocidad vertiginosa de ese atraso original con el que nacemos todos.

Pero antes vendía empanadas. Y antes de eso era la muchacha en casas de ricos en Medellín y Pereira. Sin embargo, la venta de empanadas, la buena administración de las utilidades y esa cosa que es como una fuerza interior combinada con suerte, combinada con Dios, con trasnocho y con madrugadas, y con más trasnocho y con más madrugadas, la llevó a abrir a finales de los 80 el Serrana No. 1 en el parque de Riosucio. Y después el 2. Y después el 3.

Muchas veces pasé cuando era niño por su pequeño imperio. Denle a Jorge Andrés una carne bien pulpa y un vaso de leche, decía. Recuerdo mucho eso, mientras mi hermana me dice por whatsapp que le están fallando todos los órganos y que ya es muy difícil arreglarlos. Recuerdo las hojuelas y esa cocina que era como su despacho. Un despacho próspero de alacenas abundantes y rendijas bien lavadas, que repartía comidas a una clase de personas que ella llamaba "los viajeros", que incluía jueces, visitadores médicos, estafadores o supervisores ocasionales de la actividad de provincia. 

La recuerdo mientras se apaga en Manizales. Mientras deja de retumbar. Entiendo que es normal que se muera. Todo lo vivo se muere. Pero entre más vivo está, más extraño resulta que se muera.