Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





domingo, 21 de abril de 2013

¿Con quiénes estamos?

"El Tigre se respeta"   Betulia, 1.941


1. Juan Pablo

Parece un pollito. Me acuerdo cuando estábamos en la entrevista, que me decía que estaba muy nervioso. Que el año pasado había pasado el examen, pero que la entrevista era lo más difícil porque uno no sabía lo que ese jurado indescifrable, conformado por dos embajadores y una psicóloga, quería ver. 

Nos hicimos amigos. No, amigos, no. Es como cuando dos perros se encuentran y se agradan. Por alguna razón no se atacan sino que salen corriendo por un parque, juegan y comparten un hueso. Así es que la primera semana me dijo: "Vení vamos a comer por allí que es aseado y a $5.500". Mientras almorzábamos me dijo que no tenía tv cable en la pieza, que a veces era difícil bañarse porque solo había un baño para ocho. Me pareció curioso pensar en el futuro: un día vamos a ser embajadores, cónsules, o ministros plenipotenciarios o vamos a ostentar cualquiera de esas jerarquías que nos alejarán para siempre de los almuerzos de $5.500

Los lunes nos dan Orientación Psicológica. Llevamos tres lunes escuchando las historias de todos. Las vidas completas de los treinta y dos aspirantes a terceros secretarios de la cancillería. Historias de muchachas que tuvieron problemas con los novios, que tuvieron grupos de amigas en el colegio, tíos que se murieron y abuelas cariñosas.

Juan Pablo empezó diciendo que en su vida mucha gente le había ayudado. Que él había crecido en la comuna nororiental de Medellín en un barrio que se llama Popular No. 2. Que allá vio y oyó muchas cosas que hubiera preferido no ver ni oír. Que la mamá salía temprano a trabajar y que él la esperaba jugando en una terraza hasta que ella volvía por la noche; que tal vez por eso era tan callado, que lo disculpáramos, que a él todos le caíamos bien, que si era callado es porque era su forma de ser, pero que él no tenía sentimientos negativos hacia nadie. Que estaba muy contento de estar ahí.

Lo más impresionante de esa historia es que la contó porque estaba obligado a contarla. Nos contó cómo caminaba hacia su casa agachando la cabeza para que no se la montaran sus propios vecinos. Yo llegaba caminando de la Universidad y me decían Pero ve este agüevado como se volvió de picao. Juan Pablo es muy discreto, pero una vez que empezó a contar cosas no pudo parar de decir la verdad. Lo hizo con serenidad, con total dominio del pasado. Yo lo veía desde la última silla, su cara de pollito sufriendo un cambio trascendental, sus facciones inocentes tomando el aspecto de un tigre.

En estos días me acompañó a hacer unas vueltas después de clase. Cuando íbamos por la carrera 8 con 15, me dijo Sí has visto qué belleza esos tapetes rojos de la cancillería? Cierto que son una belleza?



sábado, 9 de marzo de 2013

¿Quiénes somos?


Le juro mi mamá vieja que yo de usted no me olvido





Debe ser curioso lo que siente una mamá con un hijo calavera. Tratar de enderezarlo, de integrarlo a la naturaleza, de enseñarle sus funciones dentro del ecosistema. Escuchar sus quejas, su inconformidad, ser testigo de su desgano para trabajar. Escucharlo tomando aguardiente en la sala hasta la madrugada. Saber que algo anda mal. Ver que los otros muchachos se gradúan y trabajan y trabajan y trabajan.

Mi mamá ha sido tranquila con eso. Ha visto cómo, después de mucho aplazarlo, entre más trabajo, más me endeudo y menos parezco enderezarme. Simplemente me aconseja. Me dice que trate de hacer un presupuesto; que no me ponga bravo con los de los buses, que qué tal que me pase algo. Es cariñosa y se está envejeciendo lentamente. Es muy saludable, pero se está envejeciendo. A veces le duele un brazo. A veces la siento mirar desde la distancia de los 61 años, los primeros acontecimientos de su vida en el campo. Recorre minuciosamente sus historias del magisterio. Las luchas con el gobierno, los perfiles de sus estudiantes, las desgracias del restaurante escolar.

Desde que supo que voy a entrar a la carrera diplomática la siento distinta. Llevaba varios años recomendándome que hiciera una maestría, que ella me ayudaba si quería. Insistía poco, pero era evidente su preocupación. Ha sido incansable y aún, siendo evidente que nunca lo he sido y que muchos me llevan ya varias vueltas de ventaja, me considera el mejor.

Hoy que nos despedimos en el aeropuerto, supe por qué estaba distinta: finalmente, en lo que parecería un acontecimiento tardío, me estaba entregando a la naturaleza.

martes, 29 de enero de 2013

¿Qué somos?



Con frecuencia se me vienen a la cabeza historias como las de Papillón, Espartaco o el mismo Leon, el de El Perfecto Asesino. O historias incluso más incógnitas pero igualmente estructuradas, en su heroísmo, por la fe ciega en la casualidad.  Como las del Tío Aníbal, personaje recurrente en este blog, que pasó ocho años en la prisión agrícola de Araracuara defendiéndose con las manos de las bestias de la naturaleza, y con la mente de las bestialidades humanas. O la del padre de familia que en un zoológico de California sacó a su hijo de las mandíbulas de un cocodrilo; contra todo pronóstico, porque las mandíbulas del reptil pueden apretar con una fuerza de hasta una tonelada, y no se ha visto en la historia que un hombre levante un peso equivalente.  O las que son frecuentes y cuentan sobre un hombre que se enfrentó solo a cuatro ladrones. O la famosa de David y Goliat. O la menos famosa de San Sebastián que, condenado al asaetamiento, no murió tras recibir una lluvia de flechas en todo el cuerpo y se volvió a presentar al emperador para que cumpliera la ejecución.

Y entonces parece que el heroísmo es solo una fe ciega en la casualidad. O tal vez un desconocimiento completo de las leyes de la realidad. C. Bukowski dijo en una entrevista que "La diferencia entre un valiente y un cobarde, es que un cobarde se lo piensa dos veces antes de saltar a la jaula con un león. El valiente simplemente no sabe lo que es un león. Sólo cree que lo sabe."


En mi caso sé lo que es un león y además les tengo mucho miedo. Pero eventualmente entraría a la jaula. Posiblemente, incluso, me daría mucha risa estar ahí. Ver que el animal tiene grandes posibilidades de comerme y que mi posibilidad de vencerlo desarmado es pequeñísima. Esa pequeña luz por la que se asoma la probabilidad es rara y graciosa y hace que la vida parezca un juego. Y verla como un juego es lo que nos puede convertir en héroes. O simplemente en gente que hace cosas inexplicables, que es casi lo mismo.

El 4 de marzo empiezo la carrera diplomática. Voy a renunciar al trabajo y me voy a vivir a Bogotá. Durante un año no me van a pagar. Durante tres años voy a ganar menos de lo que gano ahora. Dentro de 15 años tal vez sea cónsul. Me da risa. Es como estar encerrado con un león; es como tratar la vida como un juego. La diferencia es que al final no voy a ser un héroe. Solo un cónsul.




miércoles, 26 de diciembre de 2012

¿Dónde estamos?


Para invocar un demonio necesitas saber qué nombre tiene

7.

Compartir el aire de un piso completo, reciclar el dióxido que exhalan las asistentes y los contadores, hace que me sienta en tal medida parte de la humanidad que cierro los ojos y me imagino flotando en una piscina pública, rodeado de los pechos peludos de los demás hombres trabajadores y de las nalgas flácidas -que rozo al pasar- de las que, como yo, cotizan al sistema de seguridad social y que constituimos, una a una, uno a uno, la fuerza laboral, el grueso de las estadísticas.

Y ahí me siento a salvo. Protegido por un ejército de ítems. Parte insignificante de una medición. Abrigado por el consuelo de ser igual a muchos. Dueño de una vida que se va alejando del principio inconscientemente, despacio, suave. 

martes, 14 de agosto de 2012

¿Para dónde vamos?


El mensaje de Full House

Solo puedo pensar en la amistad como una relación tan estrecha que termina generando violencia y finalmente, ganas de huir. Tal vez por eso las amistades más perdurables son las que se reducen a una distancia prudente y a la búsqueda de información a través de intermediarios. Preguntar en el bar si ha vuelto a aparecer Sebastián Márquez, ver en facebook las fotos de los viajes de Monique, hablar eventualmente con Mancho; ver los periódicos y revisar que no aparezca ninguno de ellos en las judiciales.

Ese seguimiento lejano de otra vida es mucho más justo y seguramente menos agotador que la interacción continua  de los confidentes. Sé que se casó Jeroboam, que el hijo de William ya tiene 7 años, que la mayoría del tiempo las vidas evolucionan muy poco; tan poco que hay que generar episodios como un nacimiento, una boda o un posgrado para ondular en alguna medida la forma continua y sosa del destino. Algo que no sea tan dramático como la muerte, pero que sirva de referencia dentro de la vida. El punto inicial desde el que se empieza a contar un aniversario, el comienzo de una nueva etapa, el día desde el que se debe tener en cuenta un nuevo salario para la liquidación.

Seguí todo el proceso judicial contra Sánchez. Lo acusaban de parapolítica, tal vez el crimen que con más saña observa nuestra sociedad. Veía pedazos de las audiencias en televisión y hacía fuerza para que dijera una cosa, para que se quedara callado en algunas partes. Algunos compañeros de la universidad me contaban que otros compañeros de la universidad habían ido a la Corte Suprema a testificar contra él. Él se agarraba la cabeza, lloraba por momentos.

Condenado, como era obvio, tras el acoso mediático que reclamó todo el tiempo la obviedad de las pruebas, fue conducido a la cárcel. Recuerdo que iba caminando, esposado, al lado de Juan Carlos Martínez. Recuerdo que lo vi por RCN y en ese momento la vida me pareció de verdad. Juan Pablo Sánchez, una de las personas con quien más he apostado en la vida, iba esposado, amarrado, juzgado por un sistema malo, definida su conducta como perjudicial por esos jueces que escriben tan mal, que se comportan tan mal, por esas ánimas de la técnica que carecen por completo de olfato moral.

Era horrible jugar poker con Sánchez. Además de ser irritable, su suerte era exagerada. Sin embargo, yo era capaz de seguirle el juego durante horas. Dejábamos de ir a tres clases seguidas. Jugábamos en un muro, perdía todo, lo recuperaba y después nos íbamos para full house a seguir jugando. En full house todos estábamos enviciados. Algunos solo al juego, otros al juego y al trago; otros al juego, al trago y a la droga.

Hoy se murió Sánchez. Estábamos a tres cuadras de distancia. Yo dormía y él cruzaba esa raya tras la cual ya no se puede apostar, ya no se cuenta con vida para ello. En los periódicos salió, a modo de biografía, la reseña de su condena por paramilitarismo. No hablaron de su niñez, de alguna tarde importante de su vida, de una jugada genial del poker que lo haya dejado soñando con las cartas de la baraja. Cuando estaba en el velorio llegó un ramo de Full House. Decía: “Que Dios te tenga en su gloria, Juan Pablo”. Para full house todos somos buenos; tal vez por eso nos sentíamos tan bien allá.

jueves, 5 de julio de 2012

¿Dónde estamos?

Buscando balnearios


I chose not to choose life. I chose something else.



En décimo vimos Trainspotting y después Sebastián Márquez y William hicieron un foro en la clase de filosofía. El tema era algo como el sentido de la vida; tal vez una forma general del destino de los humanos, la razón de la moral, los motivos para comportarse bien, la importancia de trabajar (o no), la forma en que las drogas, el crimen o un simple modo de vida atípico, podían influir en la variación radical de los principios hasta el punto de dar nacimiento a una nueva moral. ¿Correcta o incorrecta? no podría decirse porque todos los jueces del comportamiento tienen nexos con algún sistema moral. Todos tienen inclinada la visión del mundo hacia algún sistema predeterminado y arraigado en la historia por siglos. Es difícil que por simple olfato alguien pueda decir lo que está bien, pues ese olfato está culturalmente condicionado a inmiscuirse en cosas que nunca van a estar bien ni mal, que simplemente ocurren. Sobre lo que está bien o mal podría discutirse. Pero llegará quien diga que el trabajo es bueno, que el trabajo es malo, sin que llegue a discutirse sobre la posibilidad de elegirlo como una opción más que no es necesariamente correcta o incorrecta.

De un momento a otro, como dijo Sebastián Márquez, “Todo eso dejó de parecerme bonito y me pareció verdad”. Me gusta en lo que se convirtieron. No estudiaron en la universidad, cambian de celular todo el tiempo. No sé bien lo que hacen pero me gusta encontrármelos cada dos años, gradualmente más acabados por la droga pero más reconfortados por haber hecho algo diferente. Son gente distinta y por lo menos si están absorbidos, están absorbidos por algo distinto. Andan armados, en carros que no son pagados por cuotas, a veces con mucha plata, otras con menos, pero nunca pendientes de una asignación periódica.

Van por ahí buscando negocios, problemas o balnearios para descansar un rato. En pantaloneta, mariquiando a los policías en los retenes, desviando su atención de lo que socialmente se considera importante hacia lo que filosóficamente, en su modo particular de filosofía, se considera importante.

Esa agresividad que yo también tenía al principio, se ha vuelto exclusivamente ideológica. Puro bla, bla, bla. Estoy en desacuerdo con lo que hago, pero lo hago. Esa es mi forma de resistencia.  O puede que ni siquiera sea una forma de resistencia, sino una especie de fidelidad a una imagen mientras actúo en otra imagen. Es algo como “Muy bacano ser lo que quiero ser de verdad, pero esto me sale más barato socialmente”. En resumen, le soy fiel a ese ideal de mi mismo pero mis muestras de fidelidad son solamente ideológicas y de poco valor.

Cuando me los he encontrado ha sido irreal. Ha pasado en varias ciudades que voy por ahí y está el ARQ 399 parqueado con los dos adentro, Márquez y William. Márquez está drogado todo el tiempo y William... pues William no lo necesita. Él nació drogado, listo para todo, maldito, imposible de socializar. Cuando los veo en ese carro de vidrios polarizados me gusta más este mundo, donde David cascó a Goliat, donde una culebra puede matar un elefante, donde dos muchachos anónimos pueden ir por ahí, metiéndose en problemas y buscando balnearios porque a cambio de la vida escogieron otra cosa. Como en Trainspotting.