Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





jueves, 19 de octubre de 2017

¿Con quiénes estamos?

El Doctor Calle


Era febrero del año 2000 y estaba saliendo de una larga etapa de peleas, motos, trasnocho y malos manejos. Casi ya en el culmen de una minuciosa y disciplinada carrera hacia el fracaso, con la determinación a medias entre vagar por el mundo por lo que me quedaba de vida o tomar un camino que honrara a los demás mientras me deshonraba a mí mismo, me inscribí para estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Conseguí novia, hacia visita de novios, iba a conciertos de música clásica y desdecía de lo que verdaderamente era con cada cosa que hacía.

Toda esa situación me ponía muy triste. En general fui un mal estudiante con pequeños destellos de suerte y pequeñísimos destellos de talento. Sin embargo, a pesar de mi bajo desempeño, parecía un rehabilitado que hubiera logrado encaminarse hacia el ejercicio honroso de una profesión, rescatado  del camino deliberado del error y la mediocridad por el que había optado como fuente de felicidad y sentido de la vida.

En esos vaivenes estaba cuando leí un cuento de Paul Bowles en la revista de la Universidad de Antioquia mientras, recostado en un muro de la universidad, esperaba a que al tedio de las dos de la tarde se uniera el tedio de tener que soportar dos horas continuas de clase de ética profesional. Era tan soso el magistrado que la dictaba que el zumbido de una mosca se imponía dramáticamente sobre su voz, arrullándonos, sirviendo de música a su cantaleta leve sobre la conducta y los valores del jurista.

El cuento se llamaba Un episodio distante. Esa tarde pasé por una librería cercana a la facultad y pregunté si tenían algún libro de Paul Bowles. Afuera, en una silla, con un café sobre la mesa, estaba a quien identificaba como el Doctor Calle. Sabía que era profesor de Derecho Penal por referencias de estudiantes que cursaban el segundo año. En Libélula no había ningún libro de Paul Bowles. -Venga, me dijo. - ¿Le gusta Paul Bowles?

Al día siguiente, cuando pasaba de nuevo por la Avenida Santander a la altura de Libélula me llamó y me dijo que me había traído el libro. Era un ejemplar de El cielo protector que podría haber estado durante décadas en su biblioteca sin deteriorarse. La tapa dura estaba envuelta cuidadosamente en papel de panadería, dejando traslucir hacia los objetos de su propiedad la misma pulcritud de sus modales.

Después de eso podemos habernos encontrado cuatro o cinco veces. Nunca fuimos amigos pero siempre tuve la sensación de que nos identificábamos como buenos desconocidos, esa situación pulcra en la que difícilmente pueden encontrarse dos personas que encuentran rasgos de empatía en quien no se esfuerzan por conocer. La última vez que nos vimos fue en junio pasado en el Puente Aéreo de Bogotá cuando llegaba de Chile con mi esposa a pasar vacaciones con nuestras familias y él, a su vez, se encontraba con su esposa en la sala de espera. Haciendo un pequeño alto en su extrema prudencia me dijo que estaba un poco enfermo. Nos saludamos en Bogotá y nos despedimos en Manizales. Ayer murió. Fue posiblemente uno de los desconocidos a quien más me habría gustado conocer.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Dónde estamos?



El zoológico de Pereira

Cuando empezaba Naturalia mi papá me llamaba para que lo viéramos juntos. Apostábamos a que la gacela se salvaba o a que el león se la comía, veíamos la concurrencia de cientos de especies en busca de agua en el río Zambeze, los grupos de elefantes llorando a sus muertos, los tigres, los cocodrilos, los búfalos y la extraña naturaleza del mundo submarino explorada por Jacques Cousteau.

A sus 17 años mi papá decidió retomar la escuela. Había estudiado hasta cuarto de primaria pero la finca, el trapiche y la idea de que los hombres eran más para las herramientas que para los libros lo enviaron de regreso durante casi una década a las labores del campo. A sus 17 años, también, se puso los primeros zapatos. Eran unas botas Grulla que solo usaba para jugar fútbol mientras imitaba a las estrellas del Deportivo Cali de la década del 60. Tras insistir y soportar la vergüenza de compartir su salón de clases con niños de 10 años, siendo casi un adulto, decidió enfocar sus esfuerzos en aprender matemáticas, en aplicar sus conocimientos de biología a la agricultura y en esas locas ilusiones que en palabras de su admirado Olimpo Cárdenas lo sacarían de su pueblo, lo harían abandonar su casa para ver la capital.

Pocas cosas recuerdo haber anhelado tanto como visitar el zoológico de Pereira. Santiago, el amigo con el que caminaba hasta la casa, había estado de vacaciones en Disney. En esa época yo no sabía dónde quedaban Disney ni Pereira pero mi papá, viendo mi entusiasmo por los tigres y los elefantes, me había prometido ir al zoológico de Pereira en las siguientes vacaciones. Él mismo, tal vez, tenía entre sus anhelos una visita al zoológico. De su infancia recordaba la recolección de algodón entre Obando y Zarzal, los emotivos partidos del Deportivo Cali transmitidos por radio en un bus intermunicipal, la venta de zapallos en el parque del pueblo, los trapiches, el sudor.

Recuerdo que estuvimos mucho rato mirando el tigre. Yo ya había dejado de mirarlo, miré a mi papá y todavía iba y volvía con la mirada mientras el tigre se desplazaba dentro de la jaula. Detrás de nosotros pasaban personas ofreciendo algodones de azúcar y fotos para el recuerdo con una llama, con un loro. Mi papá y yo seguíamos mirando el tigre. Si tuviera que representar mi vida en diez imágenes mentales, el tigre que vi ese día con mi papá sobresaldría en la mitad con un color vistoso, como uno de los fundamentos de mi paso por el mundo.

El nacimiento de un hijo hace que afloren muchos instintos. La protección, el impulso de proveer alimento y seguridad, un incipiente interés por ordenar las finanzas y por permitir que finalmente la prudencia prevalezca sobre el riesgo. Sin embargo, también surge un interés más elaborado, menos biológico, abarcado posiblemente en esa cierta filosofía que adquirimos en la evolución, en el miedo del simio a la inmensidad, al vacío: la búsqueda de la felicidad para otro que no es uno.

Desde que sé que va a nacer mi hijo, abro el navegador y reviso planes de safaris en el sur de África. He visto en Botswana , en Zambia y algunos en Sudáfrica. Allí no veremos tigres. Tal vez en su vida adulta recuerde un elefante, un cocodrilo o un leopardo. Tal vez solo recuerde el viaje y esas sutilezas que, en últimas, son las que hacen que 30 años después siga recordando ese domingo en Pereira.



miércoles, 26 de abril de 2017

La Entidad

A veces siento que he estado borracho todos los días desde los catorce o quince años. Pero borracho, borracho de verdad. No una borrachera metafórica, ni un idilio filosófico. Y sin embargo es una exageración, pues he sido relativamente medido para beber. Lo que pasa es que tengo tanto cariño por los momentos en los que he estado borracho que los hilo como si fueran una sola historia y fueran en sí mismos los únicos días de mi vida. Todos esos días en los que me puse muy triste, muy contento, increíblemente ligero o que simplemente sentí que se iban para siempre la ansiedad del trabajo y de la rutina los llevo en mi corazón como los más importantes de mi vida. Y es que borracho soy un romántico; o un tierno, como dice Leonel Álvarez. Se me pierde la mirada y se acrecienta mi amor por el mundo. Por mi mamá, por los atardeceres, por mis hermanas, los perros, un pocillito viejo en la cocina, los árboles, mi esposa, la plata, mi abuela, la linda casa donde viví mi infancia, los tangos, mis tíos – que son como mis hermanos-, Manizales y Riosucio.

La cumbre de mis borracheras sucedió entre los años 2008 y 2011, cuando viví solo en una finca entre Rionegro y La Ceja. Tomé tanto aguardiente que cuando destapaba la botella mi perro me miraba con preocupación y llegó a decirme, en ese lenguaje único que existe entre la mascota y su amo, que por favor parara, que mirara que me estaban temblando las manos, que si es que estaba triste o qué, que mirara que tenía trabajo, que la gente me quería, que las cosas podían mejorar, que la cogiera suave mientras estábamos por aquí, que soportara que no era tan duro.

Sin embargo no pude parar. Tomé la costumbre de acompañar mi desayuno con cerveza y de rematar con un trago de aguardiente, a manera de enjuague bucal, antes de salir a trabajar. Necesitaba estar borracho. El trabajo, el mundo, tanto sapo convencido de que está haciendo las cosas bien, hacen que un muchacho normal de 25 años requiera estar borracho todo el tiempo para sentirse medianamente ausente mientras empieza a encajar en esa trama detestable de planes de acción, sistemas de calidad y objetivos estratégicos.

Llegaba a la casa por la noche en mi vieja camioneta, empujaba la portada de madera, remojaba las matas, conversaba con el perro, abría una botella, ponía música usando como parlante un teatro en casa y daba vueltas por el prado pensando en cómo escapar, en qué hacer para no tener que hacer lo que hacía, en cómo maniobrar para poder vivir normalmente, sin trabajar, sin rendirme ante esa corriente lenta que nos arrastra primero hasta la pensión y después hasta la muerte.

Estaba borracho un domingo como a las 6 de la tarde cuando se me metieron cuatro tipos a la casa. Desde la distancia vi que se acercaban en un Volkswagen viejo de vidrios polarizados con placas de Armenia. Eran caleños, entre zambos y mulatos, con tatuajes y motilado de sicario. Esperé sentado en el prado a que se bajaran del carro y desde mi posición bajo los platanales les silbé. “Caballeros, buenas tardes, cuéntenme”. Y entonces me contaron lo que me tenían que contar. Pensé tirarme por debajo de la cerca y salir corriendo hasta la finca de Don Jaime pero fue ahí que vi a la Entidad por primera vez. Fueron uno o dos segundos en los que pasó por la puerta de la casa y me dio a entender una de dos cosas: me iba a morir para ser acogido en el plano de las almas justas, o me iba a salvar para evitarle un sufrimiento a mi mamá y a mis hermanas.

Al final fue lo segundo.

Salvarme no fue remedio para mi necesidad de trago. Recuerdo que esa noche seguí tomando hasta casi el amanecer. El perro me acompañó toda la noche y parecía preguntarme con la mirada por los extraños acontecimientos de la tarde de los que salí con vida por una u otra razón.

Transcurrieron muchos días en los que me dediqué a pasar por juzgados y oficinas públicas cobrando la cartera de una empresa. Salía de los juzgados y me tomaba una cerveza en la esquina o me comía un pandebono en medio de pensamientos trascendentales. Mis corbatas mal ajustadas y a veces torcidas por el uso, eran como una extensión de mi desbarajuste interior. A veces aterrizaba y pensaba en cómo mi conducta impactaba en los objetivos estratégicos de la empresa. Era, como algún día me denominó un profesor del colegio, un mal elemento. Revisaba los procesos en el centro de Medellín, en Envigado, Itagüí, los municipios de Urabá, Briceño, Yarumal o Santa Rosa de Osos y siempre que se terminaba el día pasaba por un estanquillo, compraba media de aguardiente y me la tomaba en la casa. A sus 300.000 kilómetros, la camioneta hacía tiempo requería reparación de motor y el cambio completo de la suspensión del que solo me había ocupado parcialmente mediante créditos que pagaba a cuentagotas donde Fernando Repuestazo, un amable distribuidor de autopartes con sede en la Calle el Palo con Avenida Oriental. Mi vida entera era como un crédito donde Fernando Repuestazo.


Finalmente pasó lo que tenía que pasar. Estaba en la sala un día después del trabajo, apenas sacándome la camisa de entre el pantalón y quitándome los zapatos cuando vi a Jesús en el techo. Se apareció nítidamente en una de las vigas del cielo alfardado de la casita campesina, con su barba, su pelo largo e incluso lo que podría interpretarse como su corona de espinas. Lo vi y sonreí. Interpreté su aparición más como una aceptación de mi vida desordenada, como una simpatía por mi caos, que como una invitación a cambiar. 

viernes, 17 de febrero de 2017

Uróboros

El domingo por la tarde estaba desempacando las bolsas del mercado cuando llegó mi esposa corriendo hasta la cocina con los ojos encharcados y con la misma expresión que vi en la cara de los amigos de mi papá que llegaron a la casa con mi mamá, hace veinte años, a decirnos que mi papá se había acabado de morir en un accidente de tránsito.  Me recorrió el mismo frío, se estableció en mí el mismo espanto, esa misma sensación de no tener control, de no saber qué hacer, de no tener claro el porvenir sin una figura tan esencial, sin algo que uno piensa que el destino va a mantener intacto, algo que debería ser inmune a la muerte como todo lo querido.

¿Quién sería ahora? ¿Por qué otra vez ese martillo mortal?

Los atardeceres de Antofagasta son particularmente profundos.  A las ocho, el cielo empieza a ponerse de ese color entre anaranjado y rosado de los cocteles que venden en las cadenas hoteleras de Cartagena y San Andrés. Por las ventanas del apartamento donde vivimos el sol entra en casi todas las direcciones y puede verse el mar pegado del cielo, de las nubes, poblado de barcos que vienen llenos de electrodomésticos y se van llenos de cobre de este puerto desértico al que miles de personas han venido a buscar fortuna entre las monedas que dejan las cuentas grandes de la minería.

Entre esas cosas que uno escucha como bostezos de gigantes en los momentos de crisis, entendí que no albergaba una mala noticia y que la expresión era de una alegría tan inmensa como es inmensa la tristeza cuando uno se entera de la muerte de alguien que quiere. El sol le iluminaba la cara.

El domingo me di cuenta de que creamos un amigo para siempre.



miércoles, 15 de junio de 2016

El preso de Vallenar

La asistencia consular incluye visitas a los colombianos detenidos en las cárceles de esta jurisdicción. A esta jurisdicción pertenecen las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y Atacama; regiones superpuestas de norte a sur en el territorio de este largo y estrecho país.

El sábado, en la cárcel de Copiapó entrevistamos a 16 presos colombianos. La mayoría de ellos están imputados o condenados por narcotráfico, unos pocos por hurto y uno más por femicidio.

Después, a 712 kilómetros, en Vallenar, un pueblo triste en la mitad del desierto, atendimos a un colombiano. Cuando nos vio nos abrazó y dijo que hacía varios años que no veía a un colombiano. Lleva 20 años en la cárcel y estaba visiblemente loco.


miércoles, 8 de junio de 2016

El monstruo

Una vez muerto mi papá desarrollé una especie de monstruosidad. Desde pequeño noté que los otros huérfanos del salón habían desarrollado una capa que los convertía en objetivos invisibles para Mauricio Ríos, Parrita y Cerebro.  Aunque se trataba de una pandilla de bestias dispuestas a acabar a golpes con cualquier criatura que se les cruzara, los intimidaba el hecho de encontrarse frente a alguien que había estado expuesto a un sufrimiento desconocido para ellos.  Un monstruo. Un muchacho sin papá.

Los días empezaron a transcurrir en una especie de cámara lenta que casi me permitía escuchar la radiación cósmica de fondo.

En este momento soy vicecónsul de Colombia en Antofagasta. Una porción de ciudad en el desolado norte de Chile. Un largo despliegue de construcciones surgidas alrededor de la minería y desde las que solo se puede ver mar y desierto en todas las direcciones. A veces camino sintiendo esa brisa que se empieza hacer tan fría al sur del Pacífico y recuerdo momentos muy lejanos de mi infancia. A Jero, ese niño silencioso que fue mi primer amigo y uno de los últimos. Recuerdo a su familia, los platos de lentejas con tajadas que me daban de merienda cuando iba a jugar por las tardes, las codornices en el patio y todos sus hermanos estudiando matemáticas en el comedor. A mi abuela, a su caballo negro. Recuerdo cosas aún más viejas: un letrero de Bienestar Familiar, una reja, un patio y una cocinera. Pienso en cosas que ni siquiera recuerdo: los relatos de mi mamá sobre mi infancia. La imagen de mi papá comprándome calzoncillos en la galería de Manizales. Pienso en la Navidad y en esos regalos que eran más afecto que regalo. Un carrito de madera, un reloj, un pequeño radio de pilas.

Aún ahora, diecinueve años después de esa tarde horrorosa, pienso en todas las cosas que tuvo que hacer el destino para poner a mi papá, ese miércoles por la tarde, en la inclinación de la calle 36. Valiéndose del azar, ese sicario gradual que nos pasea durante años por la fecha de nuestra muerte, lo sacó de su niñez de campesino, le inyectó el interés por la escuela, por el colegio, por la vida de ciudad; y así, mientras sus hermanos seguían en el campo, cultivando la yuca, lejos de la posibilidad de un accidente de tránsito, él vivía, sin saberlo, la secuencia de momentos que inexorablemente lo iban a llevar a su final.

A mis treinta y tres años, siento que persiste una parte del monstruo en el que me convirtió la muerte de mi papá. Me resisto a pensar que la muerte de alguien a quien uno estuvo tan ligado, no lo cambie de manera definitiva. Consideraría una deslealtad con mi papá el hecho de volver de manera permanente a la normalidad. No pensar en él, no ver en mí mismo su soledad cósmica, su alegría de los domingos, el rastro genético de alguna inquietud. Me sentiría un traidor si no pensara en él cada vez que me emborracho, cada vez que el mismo destino que lo arrastró a él al fin, me arrastra a mí a diversos eslabones de la tristeza o de la alegría.