Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





viernes, 5 de febrero de 2016

La cara de mi papá

Hoy me bajé del Transmilenio y mientras caminaba desde la estación hasta el trabajo, recordé que a los 14 años me ponía las camisas de mi papá y que él a veces se ponía las mías los fines de semana. También me echaba su loción Van Cleef & Arpels que venía en un frasco negro y que me daba la sensación de estarme convirtiendo en un hombre sofisticado. Sofisticado, pero no tan sofisticado como para perder esa indiferencia propia de lo que, hasta entonces, consideraba que era ser un hombre. Una indiferencia que es lo que finalmente nos da - o debería darnos- ese tono serio, esa expresión permanente que impide que los demás se acerquen sin que se los permitamos. 

También usaba su espuma y su cuchilla de afeitar. Una Prestobarba azul, sencilla y apropiada para mis fines. En el baño había cuchillas nuevas pero a mí me gustaba usar la suya porque sentía que me estaba convirtiendo en él. En esa especie de logro de la masculinidad al que solo podría llegarse tras años de reflexión y conocimiento de sí mismo. En ese hombre a tal punto sereno, que parecía contener una indiferencia casi total hacia la porción de la vida que está conformada por minucias y detalles; hacia la política, la filosofía y la complejidad del arte.

Esta mañana mientras caminaba de la estación de Transmilenio a mi oficina se me ocurrió que todos los días intento ser como mi papá. Serio, con esa cierta indiferencia, con esa humanidad auténtica y con esa carencia de estilo que es en sí misma un estilo. El problema es que mis debates morales  no tienen la complejidad que seguramente tuvieron los suyos, pero intento algún día llegar a una conclusión que me transforme la cara y que la convierta, definitivamente, en la cara de él.

martes, 12 de enero de 2016

1922

El tío Zabulón tiene la cabeza plana por detrás. No es una exageración; es plana como un yunque por debajo. Camina con un zurriago, la camisa abierta y un viejo sombrero de paja que se le ve nuevo de lo viejo que se ve él. El próximo miércoles cumple 94 años. Le faltan 6 para ese siglo por el que seguramente pasará impávido porque en alguien como él la idea de la muerte parece inconcebible. Hace todo tan despacio, su ritmo personal es tan diferente al ritmo del resto de las cosas, que la muerte debe pasar una y otra vez pensando que ya se lo llevó.

Al frente de la casa donde vive hay un árbol de mandarinas. Más abajo hay un pastor alemán furioso.

Solo un día entré a su casa. Estábamos tomando en una cantina y no me acuerdo si se nos acabó la plata o las ganas de estar en la cantina. Me dijo que fuéramos que en la casa tenía más aguardiente. Hay una imagen de Santa Lucía, que no tiene razón para estar ahí porque el tío Zabulón tiene una vista perfecta y que yo sepa nunca le ha peligrado un ojo. También hay fotos de muchas mujeres, un equipo de sonido y polvo. Una gran cantidad de polvo.

A veces pienso en él. No porque lo extrañe, lo quiera o lo compadezca. Es más porque me intriga saber si tiene para el aguardiente. Además vive solo. Tiene casi un siglo y vive solo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Lo espiritual

Este fin de semana estaba hablando con el tío Herman sobre el mundo. Ese es un tema que nos gusta mucho. Su origen, su fin, su presente. Tras varias conversaciones hemos llegado a la conclusión de que al mundo lo va a cambiar un líder espiritual. Un líder político, un empresario, se quedan cortos para convencernos de que no deberíamos trabajar, de que no deberíamos pagar impuestos, ni obedecer. 

Suena a rebeldía de quinceañeras, pero la obediencia ha detenido el destino de la humanidad. Lo ha suspendido, tiene en vilo el producto de la imaginación colectiva. Escucho a mi jefe diciendo que ya viene, que va para el baño. Que al viceministro no le gustan las cosas así. Escucho a un compañero diciendo que mañana se demora. Que no sale a las 5 porque la jefe se queda hasta las 6. Que cómo amaneció la jefe, que si está de buen genio. 

Recuerdo a Jacobo, un amigo de Luisa, mi hermana, que cuando su jefe le preguntó por qué llegaba tarde, le respondió con contundencia Porque me da miedo. Y a eso estamos sometidos, al miedo. Al miedo a desobedecer, al miedo a responder, a decir a la verdad. Estamos atolondrados por una cantaleta genética que se opone a lo que de verdad queremos. La paz es buena, la responsabilidad es buena, hay que ir a los cumpleaños de los amigos. Algo dijo el tío sobre Dios y la serpiente. Que era Dios el equivocado y la serpiente la acertada. ¿Qué es lo que tiene esa manzana que no nos la podemos comer? ¿Qué es lo que nos causa ser auténticos, serenos ante las órdenes de otro? ¿Qué es lo que nos causa desobedecer? ¿Son tan graves las consecuencias? ¿No estaremos dejando de ser ricos por esa razón?

Algo dijo también sobre los evangelios apócrifos de Borges. Algo que desde pequeño ha logrado que matice ese imperativo categórico de perdonar y ser bueno:

"A quien te hiere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor".

Si es así, si el miedo es un freno del espíritu, si ser miedoso es no ser espiritual, ¿no es más espiritual la violencia que la paz dogmática de los miedosos? ¿No es más espiritual la venganza que un perdón frío y tembloroso? ¿No fue espiritual matar a Goliat? ¿No fue espiritual la batalla de las Termópilas? 




viernes, 20 de noviembre de 2015

Ríos, Parrita y Cerebro

En noveno empecé a ver que metían perico en el salón. Sobre todo Parrita, Ríos y Cerebro, que eran como uno solo y que salían al descanso desafiándonos a todos. A veces escogían a uno y le pegaban. Yo había estado de buenas o simplemente no me habían visto. Hasta que me vieron y mi vida empezó a complicarse un poco. O más que un poco, porque cada reacción mal calculada podía resultar en una trompada, en una puñalada o hasta en un tiro, decían. 

Cada uno de ellos tenía un papá. Matones a mayor escala que llegaban a las reuniones de padres con jeans de marca, bigotes ostentosos, incómodamente seguros de sí mismos. Tipos duros, llenos de calle, paterfamilias de barrio popular que no ocultaban un cierto orgullo al ver a sus gallitos de pelea retando todo el tiempo, fastidiando, insultando. Mi papá era diferente. Yo me esforzaba en creer que era duro también y solo ahora, a mis 33 años, entiendo la magnitud de su dureza.  En su niñez vendía zapallos, molía caña en el trapiche, recogía algodón, araba la tierra. Seguramente el papá de Parrita también era campesino, pero un campesino malo, resentido. Se le veía el odio en esos ojos pequeños de matoncito, en su fisionomía chupada y en una cortesía que parecía tratar de esconder a toda costa que maltrataba a su familia y que tenía el alma como una servilleta sucia.

¿Y mi papá?  Éramos como dos amigos serios y distantes. Como era un papá clásico de pañuelo y camisa de manga corta, era medido en su cariño. No me saludaba ni se despedía de beso, ni me pedía el favor. –Negro, embolame estos zapatos, Luisa, Mariana, traigan los zapatos del colegio que Jorge se los embola. –Negro, madruguemos a jugar fútbol al Bosque Popular. –Ah, pero veamos primero el partido del Parma. –Mañana deberías levantarte temprano a lavar el carro. – Ayudame a subir estos plátanos. – Te traje la camiseta del Sao Paulo. – Juguemos al que tire la pelota más cerca del techo sin tocarlo. – ¿Te está alcanzando la plata semanal?

A mí de todas formas me parecía que esa era una medida justa para el cariño entre un papá y un hijo. Compartíamos el gusto por el fútbol y me gustaba que aunque disfrutaba auténticamente los partidos, solo celebraba los goles con una risa que reflejaba que su alma no era como esa servilleta sucia del papá de Parrita. Me gustaba su forma de ser duro. Callándose por largos períodos, siendo amable con las señoras, recogiendo gente por la carretera.

Cuando se murió, los días empezaron a transcurrir en una especie de cámara lenta que casi me permitía escuchar la radiación cósmica de fondo. Confundía los días con meses, los meses con días, las horas con segundos y los segundos con siglos. El tiempo perdió esa facultad de medir la vida y se convirtió en un factor aislado, en una cifra que transcurría intentando llamar mi atención sin lograrlo. La porción de oscuridad que ensombrece la vida por intervalos se convirtió en una nube casi permanente. Odiaba las mañanas y las tardes, los vallenatos, el rock, las teticas de Valentina Arias, el fútbol, el amor y la belleza.

La tristeza habitó en mi casa a partir de entonces. A veces dormíamos todos juntos, amontonados en colchonetas en la pieza de mi mamá. Me despertaba en la madrugada y en medio de unos sollozos que nunca supe si eran de mi mamá, de Mariana o de Luisa, pensaba en dónde iría mi papá. En todo lo que le había costado adaptarse a la vida, para ahora tener que adaptarse a la muerte. ¿Habría conseguido amigos? ¿Los muertos jugarían fútbol?

Estar frente a la muerte, ver que no era una ilusión sino algo concreto como una piedra, como un tarro, desvaneció el miedo que les tenía a Ríos, a Cerebro y a Parrita. Empecé a verlos como tres perros flacos que buscaban carroña en las carnicerías. Supe que estaba dispuesto a morir en una pelea, que mi papá me había mostrado una ruta, que morirse era fácil e instantáneo, que el velorio duraba cuatro horas y el entierro una hora y media y que después de la despedida uno quedaba dormido para siempre bajo tres metros de tierra, como una piedra, como un tarro del que no se podían vengar.

Primero le enterré un lapicero a Ríos en el estómago. Después, un viernes que ya estábamos bajando las escaleras para irnos para la casa, lo agarré a patadas. Sin motivo, sin límite. Le pegué muchas patadas, muchas, muchas. Él me decía que me iba a sacar un litro de moresco y yo le seguía pegando. Hasta amansarlo, hasta matarlo, pensaba. Hasta sacarle la bondad que debía tener en alguna parte.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La frontera

Dormí en Cúcuta y al otro día llegué a un edificio estatal en Villa del Rosario. Una de esas construcciones color blanco hueso que bien pueden ser un hospital, una escuela o una alcaldía. Un hogar de paso de Bienestar Familiar, las oficinas de la SIJIN, un cuartel de la policía o la facultad de trabajo social de una universidad en Montería.

Este es un centro de atención fronteriza, el “CENAF”, donde se estampan los permisos de los extranjeros que entran por tierra a Colombia, se reciben los deportados, se inspecciona la mercancía. En la parte más alta del techo ondea una bandera colombiana rasgada y con los colores mal distribuidos. Las franjas de amarillo, azul y rojo son iguales y en lugar de nuestro pomposo escudo, un gato duerme por ratos, se cuelga de la bandera, la rasga. Juega con lo que para él no es más que un trapo sucio.

Tuve la sensación de estar en un campo de refugiados después de una guerra. Miles de personas cruzaron la frontera. Estaban sucios, muchos lloraban. Había carpas de varias entidades del Gobierno y de organizaciones internacionales. Montones de muchachos tratando de poner la tragedia humana en cifras. Censando, parametrizando, mandando informes a Bogotá, a su ministro, a su director.

Así son las tragedias: el sufrimiento humano en una gráfica. Datos, estadísticas, informes, circulares, registros. Y afuera de las carpas un señor de unos 45 años, con un morral lleno de ropa y una barra de jabón que se alcanza a ver  por una luz de la cremallera. Saca un diploma de una carpeta y me dice Yo soy mecánico del SENA, necesito trabajo.  Me dice que salió de Venezuela porque la Guardia Venezolana ya había golpeado y encarcelado a varios vecinos colombianos. Que tuvo que dejar la herramienta y un compresor. Que en la maleta solo tiene la ropa y una llave inglesa. Que no tiene a nadie en Colombia, que no tiene papá, mamá ni hijos y que es divorciado.  Que necesita trabajo.

Y después dos amigas. Me dicen que vivían en la misma cuadra en San Cristóbal. Ella planchaba ropa – dice la más joven y yo tenía un puesto de jugo de naranja. Las deportaron. Me dicen que no tienen dónde quedarse, que no tienen trabajo, que no tienen ropa. Recuerdo que el día antes, en el puente, estaban dos oficiales de la Guardia Venezolana. Malparidos. Una llora y la otra le dice No, amiga, no se ponga así que tenemos que volver a arrancar. No se ponga así que usted es berraquita.

Los albergues son la concentración de la miseria humana en 2.000 metros cuadrados. Afuera, el calor ha llegado a los 43 grados. Dentro de los albergues, con el techo y la lona de las carpas, y la respiración de 400 personas se configura una especie de pequeña antesala del infierno. Y no solo por el calor. En los costados de los albergues hay señoras lavando calzoncillos. Hombres sin camisa, niños sucios. Más atrás están los baños que no quise conocer. Y en los pasillos que quedan entre las carpas transcurre esa cosa, esa miseria, ese limbo que es casi como una vida en la que vegetan los desgraciados.

Al principio salía a tomar por las noches. Terminaba de trabajar a las  10, 11 de la noche y me iba a algún restaurante a comer. También me tomaba 6 o 7 cervezas o una botella de whisky con algunos compañeros. A veces hasta me amanecí tomando para después volver a trabajar a las 7. Ya no, ya evito a mis compañeros durante el día tanto como puedo y por la noche quiero estar solo. A veces tomo, pero solo. A veces camino por ahí y me tomo un jugo en una esquina. Sudo como un caballo y pienso en la felicidad, en la tristeza, en el cielo, en el infierno. En cómo la vida puede ser una vida o algo que se le asemeja, que es inferior, que es como un limbo y que conlleva una gran tristeza. O no, ni siquiera una gran tristeza porque en la desgracia ni la tristeza puede ser grande. Para los desgraciados la tristeza es como un bostezo, como un reflejo.

lunes, 10 de agosto de 2015

¿Para dónde vamos?

Yo soy un hombre, un hombre transeúnte


Un pintado


A sus 30 años, mi papá acababa de llegar a Manizales y vivía en el segundo piso de un taller. Algo así como una pensión en la que vivían los recién llegados que solo necesitaban una cama y un tomacorriente para conectar el radio. Tal vez una ducha, tal vez un comedor compartido. No sé qué más tendría mi papá además de su ropa, una cobija y el radio. Nunca le vi más de lo necesario. Tal vez una peinilla, un cortauñas, unos cuatro pañuelos. Nunca una foto de alguien querido, un libro que considerara especial o un amuleto. Nada.

Como la pensión quedaba cerca del terminal, asumo que se bajó de un bus proveniente de Buga y alquiló lo primero que encontró. Una casa donde el orden estuviera garantizado por una señora de pelo cortico. Algo que le quedara cerca del trabajo, del centro. Algo desde donde pudiera salir a ver vitrinas los domingos y tal vez, de pronto, tomarse una cerveza y escuchar una canción de Piero, de Olimpo Cárdenas, de Julio Jaramillo.

Siempre me inquietó un poco mi papá. No es que tuviera algún tipo de garbo, más allá de unas canas grises, plateadas, brillantes. Parecía un lobo estepario, era eso. Parecía invadido por la melancolía de alguien lejano a su época. Parecía sumergido por completo en un constante diálogo interno y, sin embargo, no paraba de hacer bromas. A nosotros (Luisa, Mariana y yo), a mi mamá, a sus compañeros de trabajo. Era como si por momentos quisiera silenciar sus diálogos internos, distraerse, ver un poco de luz.

Conoció a mi mamá en una fotocopiadora y la invitó a tomarse "un pintado". En un acento valluno que por momentos resucitaba, era común escucharle la expresión "Vení tomémonos un pintado". Se lo decía a mi mamá, a nosotros (Mariana, Luisa y yo), a sus compañeros, a los campesinos que llegaban el sábado a la oficina. 

A pesar de permanecer en él algo de ese vacío cósmico, de ese frío interior, su vida fue distinta a partir de ese pintado. Fue, por decirlo de alguna manera, uno de esos pintados que determinan un giro trascendental. Compraron una casa, tuvieron uno, dos, tres hijos, con lo que eso implica: una dinámica familiar, afiliarse al fondo de empleados, prever, centrarse, renunciar a los diálogos internos. Mi mamá, una mujer vivaz y amorosa, se preocupaba por sus camisas, por sus medias. Lo jalaba de esa especie de abismo. Lo empujaba hacia el éxito profesional, lo llenaba de confianza, de amor.

De un momento a otro se convirtió en un gerente. Le decían "Doctor", viajaba a Brasil, a Costa Rica. Miraba a mi mamá como si lo hubiera rescatado, como si gracias a ella los diálogos internos hubieran cesado, se hubieran tornado más amables. Tenía los ojos caídos, miel, tristes, pero agradecidos.

Murió el 29 de octubre de 1997 a las 5 de la tarde.