Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





miércoles, 26 de abril de 2017

La Entidad

A veces siento que he estado borracho todos los días desde los catorce o quince años. Pero borracho, borracho de verdad. No una borrachera metafórica, ni un idilio filosófico. Y sin embargo es una exageración, pues he sido relativamente medido para beber. Lo que pasa es que tengo tanto cariño por los momentos en los que he estado borracho que los hilo como si fueran una sola historia y fueran en sí mismos los únicos días de mi vida. Todos esos días en los que me puse muy triste, muy contento, increíblemente ligero o que simplemente sentí que se iban para siempre la ansiedad del trabajo y de la rutina los llevo en mi corazón como los más importantes de mi vida. Y es que borracho soy un romántico; o un tierno, como dice Leonel Álvarez. Se me pierde la mirada y se acrecienta mi amor por el mundo. Por mi mamá, por los atardeceres, por mis hermanas, los perros, un pocillito viejo en la cocina, los árboles, mi esposa, la plata, mi abuela, la linda casa donde viví mi infancia, los tangos, mis tíos – que son como mis hermanos-, Manizales y Riosucio.

La cumbre de mis borracheras sucedió entre los años 2008 y 2011, cuando viví solo en una finca entre Rionegro y La Ceja. Tomé tanto aguardiente que cuando destapaba la botella mi perro me miraba con preocupación y llegó a decirme, en ese lenguaje único que existe entre la mascota y su amo, que por favor parara, que mirara que me estaban temblando las manos, que si es que estaba triste o qué, que mirara que tenía trabajo, que la gente me quería, que las cosas podían mejorar, que la cogiera suave mientras estábamos por aquí, que soportara que no era tan duro.

Sin embargo no pude parar. Tomé la costumbre de acompañar mi desayuno con cerveza y de rematar con un trago de aguardiente, a manera de enjuague bucal, antes de salir a trabajar. Necesitaba estar borracho. El trabajo, el mundo, tanto sapo convencido de que está haciendo las cosas bien, hacen que un muchacho normal de 25 años requiera estar borracho todo el tiempo para sentirse medianamente ausente mientras empieza a encajar en esa trama detestable de planes de acción, sistemas de calidad y objetivos estratégicos.

Llegaba a la casa por la noche en mi vieja camioneta, empujaba la portada de madera, remojaba las matas, conversaba con el perro, abría una botella, ponía música usando como parlante un teatro en casa y daba vueltas por el prado pensando en cómo escapar, en qué hacer para no tener que hacer lo que hacía, en cómo maniobrar para poder vivir normalmente, sin trabajar, sin rendirme ante esa corriente lenta que nos arrastra primero hasta la pensión y después hasta la muerte.

Estaba borracho un domingo como a las 6 de la tarde cuando se me metieron cuatro tipos a la casa. Desde la distancia vi que se acercaban en un Volkswagen viejo de vidrios polarizados con placas de Armenia. Eran caleños, entre zambos y mulatos, con tatuajes y motilado de sicario. Esperé sentado en el prado a que se bajaran del carro y desde mi posición bajo los platanales les silbé. “Caballeros, buenas tardes, cuéntenme”. Y entonces me contaron lo que me tenían que contar. Pensé tirarme por debajo de la cerca y salir corriendo hasta la finca de Don Jaime pero fue ahí que vi a la Entidad por primera vez. Fueron uno o dos segundos en los que pasó por la puerta de la casa y me dio a entender una de dos cosas: me iba a morir para ser acogido en el plano de las almas justas, o me iba a salvar para evitarle un sufrimiento a mi mamá y a mis hermanas.

Al final fue lo segundo.

Salvarme no fue remedio para mi necesidad de trago. Recuerdo que esa noche seguí tomando hasta casi el amanecer. El perro me acompañó toda la noche y parecía preguntarme con la mirada por los extraños acontecimientos de la tarde de los que salí con vida por una u otra razón.

Transcurrieron muchos días en los que me dediqué a pasar por juzgados y oficinas públicas cobrando la cartera de una empresa. Salía de los juzgados y me tomaba una cerveza en la esquina o me comía un pandebono en medio de pensamientos trascendentales. Mis corbatas mal ajustadas y a veces torcidas por el uso, eran como una extensión de mi desbarajuste interior. A veces aterrizaba y pensaba en cómo mi conducta impactaba en los objetivos estratégicos de la empresa. Era, como algún día me denominó un profesor del colegio, un mal elemento. Revisaba los procesos en el centro de Medellín, en Envigado, Itagüí, los municipios de Urabá, Briceño, Yarumal o Santa Rosa de Osos y siempre que se terminaba el día pasaba por un estanquillo, compraba media de aguardiente y me la tomaba en la casa. A sus 300.000 kilómetros, la camioneta hacía tiempo requería reparación de motor y el cambio completo de la suspensión del que solo me había ocupado parcialmente mediante créditos que pagaba a cuentagotas donde Fernando Repuestazo, un amable distribuidor de autopartes con sede en la Calle el Palo con Avenida Oriental. Mi vida entera era como un crédito donde Fernando Repuestazo.


Finalmente pasó lo que tenía que pasar. Estaba en la sala un día después del trabajo, apenas sacándome la camisa de entre el pantalón y quitándome los zapatos cuando vi a Jesús en el techo. Se apareció nítidamente en una de las vigas del cielo alfardado de la casita campesina, con su barba, su pelo largo e incluso lo que podría interpretarse como su corona de espinas. Lo vi y sonreí. Interpreté su aparición más como una aceptación de mi vida desordenada, como una simpatía por mi caos, que como una invitación a cambiar. 

viernes, 17 de febrero de 2017

Uróboros

El domingo por la tarde estaba desempacando las bolsas del mercado cuando llegó mi esposa corriendo hasta la cocina con los ojos encharcados y con la misma expresión que vi en la cara de los amigos de mi papá que llegaron a la casa con mi mamá, hace veinte años, a decirnos que mi papá se había acabado de morir en un accidente de tránsito.  Me recorrió el mismo frío, se estableció en mí el mismo espanto, esa misma sensación de no tener control, de no saber qué hacer, de no tener claro el porvenir sin una figura tan esencial, sin algo que uno piensa que el destino va a mantener intacto, algo que debería ser inmune a la muerte como todo lo querido.

¿Quién sería ahora? ¿Por qué otra vez ese martillo mortal?

Los atardeceres de Antofagasta son particularmente profundos.  A las ocho, el cielo empieza a ponerse de ese color entre anaranjado y rosado de los cocteles que venden en las cadenas hoteleras de Cartagena y San Andrés. Por las ventanas del apartamento donde vivimos el sol entra en casi todas las direcciones y puede verse el mar pegado del cielo, de las nubes, poblado de barcos que vienen llenos de electrodomésticos y se van llenos de cobre de este puerto desértico al que miles de personas han venido a buscar fortuna entre las monedas que dejan las cuentas grandes de la minería.

Entre esas cosas que uno escucha como bostezos de gigantes en los momentos de crisis, entendí que no albergaba una mala noticia y que la expresión era de una alegría tan inmensa como es inmensa la tristeza cuando uno se entera de la muerte de alguien que quiere. El sol le iluminaba la cara.

El domingo me di cuenta de que creamos un amigo para siempre.