Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





martes, 6 de marzo de 2012

¿Qué somos?

2. Tatavio

Cuando nos bajamos en La Asunción, de una supe que iba a haber problema. Habíamos dejado a William recostado en una mesa de La Tienda del Café al cuidado de tres muchachas del Leonardo da Vinci que conocimos horas antes y a las que no pudimos convencer de inaplicar los principios cristianos a pesar de una realidad que copa tras copa se volvía más aparente e imprecisa.

No sé con qué esperanza nos fuimos hasta La Asunción con otras dos desconocidas. Lukas parecía un perchero atestado de objetos que hasta un acólito hubiera querido robar: reloj swatch, camisa gotcha, cachucha billabong. Esos objetos lo ponían algo nervioso pues hasta entonces no había adquirido el don de calles para defenderlos, ni la fuerza física, ni la velocidad. Esa noche no era la excepción. Se sentía inseguro, estaba molesto, sabía que no merecía andar por ahí con lo que tenía puesto. Los insultos que nos lanzaban desde la otra esquina nos avisaban de la inminencia de un atraco. Primero nos iban a desequilibrar a punta de hijueputazos que nos llevarían hasta ellos buscando una explicación y después nos iban a acorralar, nos iban a gritar“gomelos”, iban a jugar con la cachucha de Lukas, me iban a dar una patada indignante, me iban a decir “sóbese”.

Lukas me decía que no hiciera nada, que me acordara de lo de marzo, que me acordara de mi mamá. Yo me acordaba de mi mamá y me daban más ganas de pelear. Estábamos solos en el mundo y yo tenía que hacer que ese mundo nos respetara. No importaba el número de puñaladas que recibiera camino a la cima. No estaba para pensar en la coincidencia que me perforaría una víscera importante. Estaba ahí y ya.

Y así me presenté ante ellos. Como alguien que estaba ahí, y ya. Como alguien que no tiene la técnica ni ha hecho el esfuerzo, pero que confía en la suerte. Fue una escena ridícula. Les dije que quién tenía más ganas de pelear para atenderlo primero.

- Tranquilo Lukas que no nos vamos a dejar robar de estas locas.

Lukas me miraba con pavor porque reconoció a Tatavio al fondo de la pandilla. Su figura estaba rematada en cada esquina por ángulos rectos. Era duro y parecía articulado en exceso, como un transformer pequeño. Vivía en el Solferino pero con el tiempo se había convertido en el amigo malo, pobre y peligroso que los gomelos malos llevaban a las peleas. Y eso lo hacía más detestable para mi. Era amigo de Colores y de Miguel, que eran unos agüevados a los que les gustaba reproducir las peleas del bajo mundo en los estanquillos de sus barrios estrato 6. Yo no jugaba esos juegos. Yo estaba ahí y ya.

-¿Usted, o qué? Yo sé que usted pelea bueno, intrigué a Tatavio.

Saltó desde atrás como una fiera silenciosa. En ese momento pensé en todas las peleas que había perdido hasta entonces, si se le puede llamar perder al hecho de quedar tirado en el piso alucinando, viendo ángeles, viendo a mi papá. La última vez me habían dado patadas por el costado occipital como si fuera un balón o una mandarina podrida. Límites como ese le recuerdan a uno la humanidad, la mortalidad de los tejidos. En cierto sentido, uno es feliz mientras lo golpean. El martirio nos hace felices de una forma que es incomprensible cuando se encuentran activadas todas las funciones vitales. Hay que pedir más golpes para entender la felicidad del martirio. Hay que ver más allá del filo del andén y considerar el paraíso.

Tatavio venía volando por el aire pero le adiviné el lado de la puñalada. Es como adivinar un penalty. Si uno se mueve para un lado sigue vivo, si se precipita y se mueve antes permite que le acomoden la puñalada en cualquier lugar, en el ángulo más peligroso y fatal: la esquina superior de un cuadrado imaginario donde está esa víscera gigante y llena de sangre que es el sueño de todos los cuchilleros. El hígado; mi hígado. Pero ese día, Tatavio, un definidor reconocido, se equivocó de lado y su castigo fue un manotazo cerrado que le partió la nariz. O la cara entera. Lukas me miraba incrédulo. Tatavio estaba inconsciente pero gemía desde un lugar intermedio entre la realidad y el más allá. Toda la pandilla estaba inconsciente. El tiempo se detuvo. El espacio también. Solo un taxi se movía al fondo, un chevette 82 que subía en tercera hacía San Jorge en lo que parecía una noche normal.

2 comentarios:

Adriana Villegas Botero dijo...

Je... tan varón!
Muy bueno!!!

Ana dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=qR2Kid37Aps