Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





viernes, 15 de junio de 2012

Desearse suerte puede ser uno de los actos más humanos. La única enseñanza que deja la historia es que en el mundo la suerte nunca se ha repartido por igual. Está regada en desorden por todos los destinos de forma tan extraña que invoca al mismo tiempo dosis equivalentes de belleza y de injusticia. Se escapa y aparece, se invoca y no llega, y llega sin que se invoque. Hace su entrada en tandas inesperadas, hila carambolas, arruina lo establecido y consolida lo incierto. A su arbitrio nos daña o nos vuelve grandes, aunque grandes o dañados seguimos siendo sus juguetes.

Para los que creemos en Dios, el 31 de diciembre no es un día como cualquier otro. La noción divina se vuelve casi palpable y esa cosa abominable que domina el tiempo y decide sobre la muerte, forma una nube silenciosa sobre las familias que se abrazan y se desean suerte. Todo se resume en un pensamiento colectivo sobre la suerte. En el deseo de que por lo menos se mantenga estable, que para arruinarnos una carambola no nos lance un terremoto. Sabemos que nos tiene tragedias guardadas pero pedimos que no las lance todavía, que se demore unos años, muchos años, o unas décadas.



En el último 31 todos estábamos pidiendo eso. Ahora, transcurrida la mitad del año, nos mandó un invasor que está destruyendo por dentro a a la abuela. Estoy muy triste.

3 comentarios:

Ana dijo...

Qué bueno que para los que creen en Dios queda la esperanza de volverse a ver. Abrazo, negrito.

Eliana dijo...

Lo siento mucho, Roberto.

Anónimo dijo...

Lo de la suerte hace parte del gran listado de cosas que me intrigan. De dónde viene, por qué viene o por qué falta. En realidad, me cuestiona más de lo aconsejable. A veces -como muchos- se lo atribuyo a karmas pasados, a cosas que en una vida pasada resolvimos mal o dejamos de resolver. No sé, digamos que es otro intento de buscarle lógica a lo ilógico, por el sinsentido que hace que a personas buenas les ocurran mil desgracias y viceversa. Es una especie de absurda explicación.
No me gustan los treinta y uno. Principalmente, porque soy ridículamente nostálgica y todas esas fechas que requieren abrazos y deseos me hacen llorar. El solo pensar, de vuelta, que me puede llegar a faltar 'quien no debe' no le pone mucha alegría a esos días. Muy triste lo de la abuela. Perdón por venir aquí a hablar de más. JO