Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





martes, 22 de mayo de 2012

¿Para dónde vamos?




I don't know how to lie. But I don't know what truth is, either. I always try to speak the way I think will cause least trouble to God and men.

- Ólafur talking to Vegmey



5. Sancho

Seguramente estoy muy viejo para haber tenido un perro por primera vez. Cuando estaba pequeño les tenía miedo y más adelante, en la adolescencia les tenía algo de asco. Me parecían criaturas, que si bien pertenecían a una especie amiga, habían invadido el espacio de las personas con su olor a bestia y sus costumbres salvajes reducidas artificialmente al espacio limitado de los edificios de apartamentos. Sin embargo, cuando me ofrecieron a Sancho no dudé en recibirlo. Estaba viviendo solo en una vereda entre Rionegro y La Ceja y pensé que seríamos buena compañía: un perro que a sus ocho meses no había tenido amo, y un amo que a sus veintinueve años no había tenido nunca un perro.

Lo trajeron de Puerto Berrío en una volqueta. Estaba metido en un guacal de madera y adentro estaban sus datos y los carnets de vacunación, el collar y la cadena. Cuando lo saqué no ladró ni se movió. Tampoco reaccionó cuando le eché agua con una manguera, ni mostró interés en la coca llena de cuido que con mi inexperiencia había dispuesto para la ocasión. Sin embargo, mientras se desplazaba hacia un rincón a descargar su vejiga, sentí una simpatía hacia él que superaba la simple simbiosis que suponía habitual entre perros y humanos. Una simbiosis tonta en la que el humano alimentaba al perro y el perro lo divertía con su inteligencia desarrollada a medias por su condición milenaria de animal doméstico.

Con el tiempo Sancho y yo nos habituamos a una rutina. Lo amarraba antes de salir por la mañana, volvía a entrar para desamarrarlo y volvía a salir dando un portazo final. Mientras me alejaba en el carro, él corría por el borde interior de la cerca y ladraba hasta que yo desaparecía en la curva del horizonte rumbo a Medellín. Por la noche volvía y el perro saltaba y mordía en lo que parecía su desconcierto por un día más con amo. Yo entraba a la casa, me quitaba la corbata y volvía a salir al prado. El perro se calmaba y se echaba a mis pies. Me veía tomar cerveza y con respeto, me sentía cavilar sobre mis preocupaciones de animal superior. La paz solo se veía interrumpida cuando pasaba una moto por el lado exterior de la cerca. Supongo que en su versión de la realidad, una moto era un enemigo al que aniquilar. Ladraba un rato y volvía a mis pies, levantando la cabeza de vez en cuando, como extrañado por nuestra existencia simultánea.

La semana pasada me cambié de ciudad. Dejé a Sancho en otra finca donde supuse que iba a estar bien. Allá dejé el collar, la cadena y las cocas para el cuido.

Hoy se murió. A su alrededor había un círculo que él mismo parece haber cavado durante la agonía. Al lado estaba su cuerpo tieso y un enigma resuelto: él estaba primero en el turno. Pero hay otros sin resolver: ¿Por qué se morirá todo? ¿Por qué llegará un día en que dejamos todo incompleto? La muerte no hace distinciones; a todos nos lleva por igual, y entonces, por lo menos en su concepción parece una cosa justa. Un evento siniestro pero democrático. Es la vida la que no parece ensañarse con todos en igual proporción. A Sancho le dio un tour de dieciocho meses por un mundo que consistió en mil metros cuadrados de pasto, una cerca y motos que pasaban más allá de la cerca. Justa o no, esa fue su vida.

4 comentarios:

CARAPÁLIDA dijo...

Que entrada tan triste :( Que lindo homenaje le haces a Sancho escribiendo asi sobre el.

Ana dijo...

Qué bueno que les tocó a cada uno el otro. Lo siento mucho, negrito.

Pepinita dijo...

Me gusta mucho su blog, aunque debo admitir que no lo leo con la frecuencia que quisiera. Esta entrada en particular me conmovió muchísimo, no sé si por mi amor a los perros o por la manera tan bonita como describe el vínculo que los unió.Qué buen homenaje a Sancho. Salud por él.

Anónimo dijo...

Siempre vi lo de la muerte muy natural, natural pero lejano.
Hasta hace un par de años me preocupé, como esa clase de preocupaciones que llenan de miedo y nos impiden hacer mil cosas. Era mejor esa vieja sensación donde le tenía más miedo a vivir que a morir, por lo menos era más conocida para mi. Ahora no aguanto la muerte, ni de mis familiares, ni de animales, ni de nadie. El solo pensar que va a haber un día en el que no voy disfrutar de la sonrisa, de los ojos o de los abrazos de alguien me entristece inmensamente. De vuelta, es por puro vicio. Llorosa entrada. JO