Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





viernes, 16 de septiembre de 2011

Summerfields

Cuando llegué a Hastings, un taxi me llevó a la casa ubicada en el 24 Manor Road. Allá me abrieron la puerta dos ancianos que me miraron con curiosidad, como si hubiera llegado una mascota nueva y le estuvieran adivinando la raza. Me decían Welcome George, good evening y yo les respondía thank you, thank you, good evening.

En ese momento me presenté y ellos me analizaron como un bulto de virtudes y defectos desconocidos que se fueron revelando poco a poco. - He´s quite shy, escuché que dijo Brenda mientras yo subía con las maletas hasta el tercer piso. Subí con la cara roja, puse el morral en la cama y saqué la plata que quedaba en un bolsillo pequeño. Pensé salir un rato pero ya estaba muy tarde. Además iba a tener que pasar por la sala donde Brenda y Robert veían televisión, ahogados de la risa y diciendo groserías británicas.

Al día siguiente llegué a clase muy temprano. Recuerdo especialmente a mi primer compañero de actividades: Kazutaka Hosegawa. También a Olivier, un militar francés que se sentaba en el rincón y se ponía una chaqueta de gamuza clara y vieja. Kazutaka me dijo que era ingeniero y vivía en Yokohama. Tenía dos hijos y a veces visitaba a los papás en una isla del norte.

***

Con el tiempo Brenda y Robert empezaron a impacientarse. Yo me comportaba tan bien como podía; era educado, daba las gracias, organizaba mi ropa y comía despacio. Tal vez esperaban un comportamiento más explosivo para no desconfiar. Eran un par de ancianos y su expectativa mínima era que me fuera de viaje un fin de semana, que contara un chiste en la comida o que por lo menos hablara de sexo.

Más arriba, en Vicarage Road, vivía Kai. Un día nos hicimos amigos. Se fue seis meses después, mientras Inglaterra y Alemania jugaban un partido por la Eurocopa 2.000.

Un día empaqué la maleta y me fui de la casa de Brenda y Robert. Habían salido al supermercado y no me encontraron cuando volvieron. Seguramente confirmaron lo que muchas veces habían pensado y se regañaron mutuamente por los momentos en que uno increpó al otro por decir que no confiaba en mi. Me fui para Vicarage Road, a la casa 61 y viví los seis meses siguientes en el espacio libre que había dejado Kai, en la casa de Kate Lee - Ranwick, un remanso de libertinaje que encabezaba ella, corriendo detrás de los gatos por toda la casa, dejando ver una teta a intervalos y lanzándole maldiciones a Jack, su hijo de cuatro años.

Ya llevaba siete meses viviendo en Hastings cuando decidí cambiar de ruta para llegar a la escuela. Iba caminando por el borde de un muro cuando escuché gritos al otro lado. Kazutaka estaba ahí y también Nguema y Thomas. - pasámela, puto! gritaba un mexicano que se proyectaba por la banda derecha. Al fondo decía Summerfields, en letras estilo Hollywood.
Durante los meses siguientes jugamos fútbol todas las tardes. Niños mezclados con ingenieros japoneses, árabes con camisetas del Manchester United, mexicanos que retaban la paciencia de muchachos suecos.

Un año después salí de Vicarage Road. -You have to come and do me before you go, dijo Kate. No fue así, porque salí corriendo con la maleta en la espalda y la descargué al lado del letrero de Summerfields. Jugamos un partido largo y cuando se acabó ya era muy tarde para volver a Vicarage Road, entonces corrí otra vez con la maleta en la espalda y grité -Taxi! Me asomé por la ventana y me despedí de los muchachos que jugaban en Summerfields. Kazutaka llevaba el balón y se aproximaba rápidamente a la portería contraria. Tal vez se dió cuenta del letrero que decía Airport en la puerta del taxi. Entonces paró hundiendo los guayos en la grama, cogió el balón en la mano y corrió hasta el borde de la cancha para despedirse.

4 comentarios:

Ana dijo...

A mí me gustan las despedidas horribles en las que uno llora y se demuestra que se quiere mucho, no me importa que al otro día ya no me acuerde del nombre del que no voy a volver a ver.

CARAPÁLIDA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Hay muchas cosas que no se de mi muchacho que las he conocido por medio de sus escritos, cosa que me alegra inmensamente o sea que el corazón se me levanta por encima de la blusa cuando las leo pero lo peor nadie me ve.Te admiro mi negro

Anónimo dijo...

Me gusta mucho leer su blog, Jorge.