Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo





lunes, 9 de abril de 2012

Criaturas amigas

Hay algo triste en la imagen de un campesino que se desplaza hasta la ciudad para cumplir con una diligencia oficial. Se pone la mejor ropa, limpia los zapatos, guarda cuidadosamente las utilidades de la leche. Deja a alguien encargado y se despide del perro con uno de esos gestos que intercambian las criaturas amigas en la naturaleza. La ropa que se pone no es tan buena como la más mala de la gente de la ciudad. Se perfuma en exceso porque no sabe que es de mal gusto. Pasa las calles nervioso, no conoce las rutas, se intoxica con una salchicha. En este caso es peor, porque se trata de Antioquia, un departamento extenso y quebrado. El largo recorrido que debe emprenderse para llegar desde los confines geográficos que apuntan hacia cuatro esquinas diferentes, termina en una capital donde se ha perdido gradualmente la timidez que es esencial para la pureza de las relaciones humanas.


Mary Isabel se murió en febrero de 2008 dos meses después de una apendicectomía con drenaje generalizado de peritonitis. Doña Luz Estelia no sabe todo eso; solo sabe que a la niña le dio apendicitis, que salió bien del hospital, que no la atendieron en el primer control, que no pudo ir al segundo y que al final se murió entre vómitos, desesperanza y un médico que confundía la muerte con cólicos menstruales. A ese médico lo representa una aseguradora y al hospital donde trabajaba lo represento yo.


El 30 de marzo Doña Luz Estelia llegó a Medellín. Entró al despacho acompañada de su apoderada, una abogada costeña que entró a la audiencia sin haberse preparado y sin que la amparara ningún talento del que pudiera surgir una buena improvisación. Recibió cincuenta o sesenta preguntas, se contradijo, claro, porque la verdad siempre es confusa y mucho más cuando se encuentra asociada a la muerte. Dijo que no había ido al hospital el mismo día que se habían presentado los síntomas porque la niña dijo que no quería ir y que dónde iban a dormir en el pueblo. Y cuando le preguntaron por qué había dejado una decisión de esa importancia en manos de una niña de 12 años, dijo que cómo la iba a llevar a la fuerza, que además la niña estaba feliz saltando en los potreros, que ella no creyó que se fuera a morir.


Dijo que al día siguiente, cuando la niña se puso mal, ya había pasado el carro que pasa diariamente hacia Santa Rosa de Osos y que el vecino que a veces le prestaba una bestia, la tenía alquilada en un sembrado de papa. Trataba de reconstruir los acontecimientos de febrero de 2008 mientras pellizcaba el bolso con esos nervios primarios del que se ve enfrentado a una diligencia en la que se define algo: la culpa, la responsabilidad, el dolo, la muerte, la suma de dinero que la resarce.


En la naturaleza hay criaturas amigas como los hombres y los perros, pero también hay depredadores y presas que se detectan recíprocamente por instinto desde muy jóvenes. Las gacelas se ponen alerta y corren, descartando la posibilidad de que exista un leopardo bueno que no las quiera cazar. Para una víctima del Estado, el abogado de la contraparte es un depredador natural. Es un instrumento a quien el opresor faculta para evadir a toda costa el cumplimiento de sus obligaciones. Un lambón, un encorbatado detestable.


Antes de empezar con las preguntas me presenté como el abogado del hospital. Le dije mucho gusto, Jorge, y la interrogué con la pereza habitual. Con pereza de ganar y de perder por igual. Con ganas de irme para mi casa a hundirme en un razonamiento abstracto y sin sentido que no estuviera sujeto a la administración de justicia. Una idea como viajar a otro planeta o descubrir un código oculto en las interacciones de la naturaleza. Una conclusión que me permita comportarme bien, pero bien de verdad, medido por cualquier sistema moral. Pero ni siquiera sé para qué estamos aquí. Ni para qué estuvo Mary Isabel, ni estoy seguro de la autoridad del juez, ni sé cuánto valdría la vida de Mary Isabel si alguna cosa en el mundo tuviera algún valor; si hubiera un sistema moral absoluto que pudiera consultar a modo de diccionario del comportamiento. Tal vez deberíamos sacrificar al médico para que Luz Estelia estuviera en paz. ¿Logrará la paz con 206 millones de pesos? ¿Tendrá paz el médico algún día? ¿Tendré la paz con mis dos millones de honorarios?


Cuando salimos de la audiencia entré al café Juan Bautista en la Alpujarra. Ella pasó por un lado y me saludó con ese gesto tímido que es propio de las criaturas que son amigas en la naturaleza, ese espacio en el que me aburre por igual ser presa o depredador y hablar todo el tiempo como un loco que no ha entendido nada.

7 comentarios:

CosasdeK dijo...

And I´ll say : I "knew" him when. Lovely post.

LaCaballero dijo...

Bellísimo, Jorge. Te mando un abrazo.

Taburete dijo...

Buen texto.

juankvillegas dijo...

Hace días no lo leía... muy bueno como siempre.

CARAPÁLIDA dijo...

Excelente.

Adriana Villegas Botero dijo...

Que bonito... esa idea abstracta de "justicia" que se desvanece entre los códigos.

Anónimo dijo...

Todos llevamos una especie de campesino adentro. En muchas situaciones, en muchas ilusiones, cuando no sabemos exactamente cómo todo va a resultar. Por lo menos yo he sido esa criatura que ha sido más presa que depredador. Nunca aprendí muy bien cómo era el juego. Lo de antes solo para decir que es otra linda entrada. JO