A veces llego a mi casa y está mi hijo concentrado en un rincón de la sala viendo los animales de un libro, intentando destapar un tarro de plastilina o haciéndole dar vueltas a un reloj de juguete. Tiene casi dos años y nació muy lejos de su tierra natal, en un territorio de paso del que tuvimos que salir corriendo porque se estaba convirtiendo en una especie de nuevo Chernobyl. Intentamos irnos por las buenas pero como decía Aldous Huxley "Cuando el individuo siente, la comunidad se resiente", y entonces nos tocó salir a las malas, con unas pocas cosas en cajas y el compromiso de una amiga conseguida a la carrera de vender el carro y algunos pocos enseres que abandonamos a su suerte para proteger la nuestra.
Lo veo ahí, haciéndole dar vueltas al reloj, y pienso mucho en cosas hondas de las que tengo que emerger rápidamente para ir a comprar la leche, los pañales o para cortarle las uñas, hacerle la sopa o seguirle el juego con una pelota. En lo que más pienso es en cómo va a intepretar su papel, en el grado de confianza, la intensidad o la gracia con la que va a vivir esto tan raro.
Una fracción de los hechos se pierde entre parpadeo y parpadeo
viernes, 26 de julio de 2019
lunes, 3 de septiembre de 2018
¿Dónde estamos? Paseo de la La Playa.
“Un
día nos amanecimos tomando y el man al otro día por la tarde se levantó todo
agripado y esa gripa no se le quitaba y no se le quitaba, pero era una gripa
suave, nada del otro mundo, ¿Sí me entendés Rolando? Fue donde el médico y lo
que tenía era cáncer, ya estaba invadido y se murió a los veinte días.
Y yo
pensaba en esa colección de discos que tenía y en lo bruta que es la hermana,
que no sabe nada de música. Pero nada es nada, hermano. Ese man era muy, muy
parcero mío. ¿Te acordás como era de flaco? Nos reuníamos a escuchar los discos
y a beber y a hablar de música. Pero no a decir que qué chimba de canción, ni
que qué tatuajes los del baterista. Es que a la gente se le olvida que la
música es un tema serio. Entonces el domingo pasado me acordé de eso, me bañé,
me vestí, reuní fuerzas y me fui a hablar con la hermana. Le dije que me diera
los discos, que a ella no le gustaba la música. Hermano, y me los dio. Ahí los
tengo en la casa pero yo nos los vendo, ¿cómo los voy a vender? Para mí la
música es un tema serio, la música es mi vida. La música y otras dos o tres
cosas”.
A las diez de la mañana empieza a caminar la gente de un
lado a otro de la Avenida La Playa, esa calle de Medellín que con sus palmeras,
bustos de gente ilustre, amplios andenes, cantinas y vendedores,
sigue evocando la calle principal de un pueblo. De uno nostálgico, que
escarba entre los coletazos del progreso y la industrialización, una esencia
remota de literatura, tangos y ocio.
Porque el paisa viejo era ocioso. Empezó a trabajar porque
el mundo adquirió una especie de razón social en la que tomaron fuerza el
trabajo como valor indiscutible y la acumulación de capital como abreviatura del
honor y la dignidad. Los de antes no eran así. Entrenaban esgrima con machete,
se juntaban a tocar guitarra y a trovar, jugaban parqués, lulo y dominó, fumaban
con los amigos en largas tardes de conversación, atendían sin mayor esfuerzo la
granja familiar y solo trabajaban en el tiempo que la libertad les dejaba
libre.
El centro comercial Paseo de la Playa parece el intento de
una sociedad por recuperar su ocio. Un intento pequeño, pero un intento. Un
paisa viejo entra al local 222, se quita el sombrero y pregunta por algo de
Ignacio Corsini. El vendedor le pregunta qué clase de música es y el viejo le
responde pasándole una USB con un gesto como de mire papito de lo que se está perdiendo. El vendedor reproduce la
memoria y suenan las guitarras de El Adiós en todo el local. ¿Sí ve cómo suenan esas guitarras? Usted reconoce el tango bueno porque
es con guitarra. Esas farolerías del
bandoneón, eso no. ¿Sí escucha esa
belleza?
En el estante del fondo hay algunas joyas del tango y la
ranchera. Pepe Aguirre, Cuco Sánchez, Agustín Magaldi, Juan D´Arienzo, Pedro
Infante y Juan Gabriel sobreviven entre el polvo de los escaparates y el
abultado vademécum de novedades que conlleva el presente. En la parte de abajo
de un disco de Miguel Aceves Mejía, la casa discográfica advierte Usted puede comprar este disco hoy, sin
temor a las innovaciones del futuro. El fabricante estuvo a punto de mentir
pero el futuro llegó y con él la nostalgia por lo antiguo, por lo gangoso, por
lo difícil. Es posible reproducir esa joya negra de acetato gracias al apego de
los jóvenes a lo eterno, gracias a la imposibilidad que refirió Fernando
González, uno de los paisas viejos, de vivir en lo abstracto.
Donde Rolando, están los discos de Scorpions, Queen, los
Rolling Stones, Led Zeppelin y Supertramp. Parado detrás del mostrador, cuida
su tienda vestido de negro. Les pasa sillas a los clientes para que busquen más
cómodos en los estantes. El relato sobre uno de los parceros que murió de
cáncer dejando atrás una abundante colección de discos no parece impresionarlo
mucho. Escucha con atención la historia mientras se acerca el mediodía y
empiezan a desfilar por los corredores las cocas con almuerzos. La carátula de
A kind of magic, de Queen, tiene por dentro un precio que parece razonable.
Sesenta mil pesos por un fósil de un mundo que se extinguió frente a nuestros
ojos. Un hombre de los nuevos dividiría el precio entre las nueve canciones y
diría vea, seis mil quinientos pesos por canción. Un hombre de los
antiguos intuiría que la estética es uno de los mejores estímulos de la fuerza
interior y que la fuerza interior es una de las mejores armas contra la
obediencia.
Por el pasillo del fondo una caleña vende discos de salsa,
botones de Héctor Lavoe, Celia Cruz, Larry Harlow e Ismael Rivera. Suena a todo
taco La Sonora Ponceña mientras lee una edición muy vieja de El callejón de los
milagros de Naguib Mahfuz. Abajo están los tatuadores y los metaleros que
atienden su negocio con rigor y amabilidad. Parecen vender flores, embetunar
zapatos u ofrecer el aguacate para el almuerzo. Como si el ocio y el trabajo
fueran la serpiente que se muerde la cola, los ociosos, en mayor medida que los
industriosos, parecen disciplinados y leales a algún valor indeterminado. Aprenden
con convicción sobre el submundo del arte y el vicio. Contemplan la vida como
un todo inseparable que se rige por la belleza. Cavilan, viven, observan. Compilan
con método y cuando mueren legan sus colecciones a los parceros del alma.
Porque el ocio es su vida. El ocio y otras dos o tres cosas.
lunes, 4 de junio de 2018
¿Con quiénes estamos?
El miércoles de la semana pasada a las siete y cinco de la mañana, un vecino del piso quince se lanzó desde el balcón de su apartamento. Yo me había levantado a hacer el desayuno y no escuché cuando cayó. Mi esposa y mis suegros, que están de visita, escucharon una especie de grito y después el impacto contra el andén. Después, como a las siete y cuarenta y cinco salimos de la casa caminando de afán hacia el trabajo.
Según el testimonio de algunas personas se trataba de un ejecutivo de 34 años que vivía solo y que ya se había vestido para salir a trabajar. Algo hizo que interrumpiera su rutina y que decidiera saltar al vacío. Seguramente en algún momento pensó "Estoy mal, pero me voy a bañar, me voy a vestir y me voy para el trabajo", pero en cambio hizo un alto y decidió "Mejor me mato".
Puedo haberme cruzado con él en el ascensor, en el parqueadero, saliendo hacia el supermercado, pero no sé ni cómo se llamaba. Debe haber pasado muchos días felices en su infancia. Debe haber corrido tras una cometa, seguramente abrió con entusiasmo infantil un regalo que recibió por sorpresa. Probablemente en algún momento la felicidad estuvo a punto de imponerse sobre todo lo demás pero cedió como un puente, como una pared que se agrieta, que se sigue agrietando y que al final se derrumba.
Por el lugar donde cayó la vida sigue transcurriendo.
Según el testimonio de algunas personas se trataba de un ejecutivo de 34 años que vivía solo y que ya se había vestido para salir a trabajar. Algo hizo que interrumpiera su rutina y que decidiera saltar al vacío. Seguramente en algún momento pensó "Estoy mal, pero me voy a bañar, me voy a vestir y me voy para el trabajo", pero en cambio hizo un alto y decidió "Mejor me mato".
Puedo haberme cruzado con él en el ascensor, en el parqueadero, saliendo hacia el supermercado, pero no sé ni cómo se llamaba. Debe haber pasado muchos días felices en su infancia. Debe haber corrido tras una cometa, seguramente abrió con entusiasmo infantil un regalo que recibió por sorpresa. Probablemente en algún momento la felicidad estuvo a punto de imponerse sobre todo lo demás pero cedió como un puente, como una pared que se agrieta, que se sigue agrietando y que al final se derrumba.
Por el lugar donde cayó la vida sigue transcurriendo.
lunes, 7 de mayo de 2018
El socio
El
socio recostaba su
puesto de dulces contra una esquinita sucia frente al colegio. Era un hombre
gordo, mal afeitado, con la cara rojiza y la cabeza medio canosa. Todos lo
queríamos porque era uno de esos adultos que no le negaban un chocorramo a
ningún niño al que le faltaran 50 pesos para completar los 250 y porque
saludaba con esa alegría de los borrachos que perdieron todo en las cantinas y
que disfrutan la debacle como único medio para deshacerse de las
responsabilidades. Era evidente que su único deber era abrir el puesto de
dulces, pero nunca lo hacía a la misma hora. Fiaba sin anotar, le robaban todo
el tiempo, se quedaba dormido, roncaba y exhalaba un tufo que uno hubiera
querido acompañar con una silla roja de cafetería y un tango de Gardel pero de
los tristes, como Yira o Adiós muchachos o Mano a mano.
Mirá,
mirá, se durmió el socio.
Nos decía Baraka mientras llenaba el morral de paquetes de papitas, barriletes
y smarties. De atrás salía una manito pequeña que se conformaba con 4 o 5
caramelos y 3 supercocos. De más atrás salía una mano pecosa que se empacaba un
paquete de Royal y que gritaba ¡Parceros,
se durmió el socio, aprovechen! De mucho más atrás salía Ramiro Castro,
quien a pesar de ser un niño de 13 años se llamaba Ramiro y decía Ya pues maricones, me dejan sano al socio,
respeten a los borrachos y el motín saqueador se dispersaba dejando caer a
su paso confites y paqueticos de maní salado que terminaban flotando en los
charcos que se armaban en la cuneta del frente.
El socio medio refunfuñaba borracho. Eructaba
hacia adentro y le fastidiaba el reflujo de aguardiente. De pronto se paraba
furioso y gritaba ¡Se me quitan pues de
aquí, manada de hijueputicas! ¡Devolveme ese manimoto, devolveme las frunas!
Y manoteaba a la loca tratando de recuperar algo. Una barrita de tamarindo, un
minisicuí, una jet de las medianas.
Contrario a lo que podría pensarse, estos atracos no desmotivaban al socio. Al otro día volvía a aparecer como si nada fiando, descontando, saludando con alegría a todos los niños del Colegio Mayor de Nuestra Señora. En los descansos, como no podíamos salir de la mole de cemento que era el colegio, nos vendía mecato por las rendijas de la puerta del garaje. Uno le pasaba la plata y él le pasaba el mecato en una operación que tenía vigilancia casi ininterrumpida por parte del Coordinador de Disciplina quien alertaba a los papás sobre la venta de vicio y revistas pornográficas por parte del socio. Por las rendijas le preguntaban si fiaba y decía Sí, pero ¿quién sos? - Tamayito, el pequeño, contestaban al otro lado. -Listo, pero me pagás antes de fin de mes.
Un martes o un miércoles de un año entre 1989 y
1993 hubo mucho escándalo alrededor del puesto del socio. Lo mataron, pensé. Atisbé entre la multitud y al fondo vi a Baraka
abrazándolo desde atrás y diciéndole que se calmara. Le volvieron a robar, pensé. El socio tiraba todos los confites y
paquetes de papitas. Los barriletes, las nucitas y los gansitos. Por el aire
volaban bombombunes y trocipollos. Les entregaba a los niños más pequeños
paquetes de gudis y maicitos. Reventaba a patadas las ponymaltas. El socio
lloraba de una forma en la que nunca había visto llorar a un hombre. Tenía los
ojos muy rojos y gritaba con una ronquera como de Juan Sánchez Gorio, ¡Mi
cucha, hijueputa! ¡Mi cuchita linda!
jueves, 8 de marzo de 2018
¿Dónde estamos?
Hace meses estoy pensando en la posibilidad de retirarme y montar un negocio. Una revueltería, una papelería, una librería, un restaurante, una casa de cambio, una ferretería, la tienda de Don Jorge, un almacén de repuestos, un billar, un estanquillo, una carnicería, una panadería, lo que sea. Un lugar en el que pueda reinar mi forma de hacer las cosas y en el que si me da la gana de darle diez días de descanso a un empleado porque se le murió un tío abuelo o un primo segundo, lo pueda hacer sin llenar un formato actualizado a la última versión. Un FO-127-PA-07. "Lléneme este formato y le doy el permiso". "Yo sé que está muy triste pero son protocolos, usted sabe que hay que cumplir con estas cosas". Un lugar en el que pueda no cobrarle la cuenta a alguien que me cae bien. Un lugar en el que pueda encimar cuatro mandarinas o decirle a alguien que si tiene muchas ganas de poner problema lo ponga en otra parte. Un lugar en el que esté prohibida cualquier relación entre el costo y el beneficio y en el que prime siempre el capricho de hacer las cosas porque sí, porque así me hizo Dios, yo qué hago pues si me gustan unas cosas y otras no y entre las que no me gustan por lo general están las baratas, las feas, y a las que se les nota que les hicieron cálculos de eficiencia.
Mi principal motivación es la vergüenza que me daría que a los siete años mi hijo venga a visitarme en mi oficina. Qué pena no poder salir faltando 15 porque qué dirá la procuraduría, no poder explicarle con el ejemplo que la belleza es posiblemente lo único que vale la pena en la vida. Qué vergüenza que vea el correo electrónico en el que la Jefe de Talento Humano les pide a los empleados que reporten las licencias por luto dentro de los cinco primeros días hábiles del mes anteriores a la ocurrencia del hecho.
Lo que quiero es que cuando sea adulto me recuerde sentado en una banca en mi negocio, sonriendo mientras regalo mandarinas.
Mi principal motivación es la vergüenza que me daría que a los siete años mi hijo venga a visitarme en mi oficina. Qué pena no poder salir faltando 15 porque qué dirá la procuraduría, no poder explicarle con el ejemplo que la belleza es posiblemente lo único que vale la pena en la vida. Qué vergüenza que vea el correo electrónico en el que la Jefe de Talento Humano les pide a los empleados que reporten las licencias por luto dentro de los cinco primeros días hábiles del mes anteriores a la ocurrencia del hecho.
Lo que quiero es que cuando sea adulto me recuerde sentado en una banca en mi negocio, sonriendo mientras regalo mandarinas.
jueves, 19 de octubre de 2017
¿Con quiénes estamos?
El Doctor Calle
Era febrero del año 2000 y estaba saliendo de una larga etapa de peleas, motos, trasnocho y malos manejos. Casi ya en el culmen de una minuciosa y disciplinada carrera hacia el fracaso, con la determinación a medias entre vagar por el mundo por lo que me quedaba de vida o tomar un camino que honrara a los demás mientras me deshonraba a mí mismo, me inscribí para estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Conseguí novia, hacia visita de novios, iba a conciertos de música clásica y desdecía de lo que verdaderamente era con cada cosa que hacía.
Toda esa situación me ponía muy triste. En general fui un mal estudiante con pequeños destellos de suerte y pequeñísimos destellos de talento. Sin embargo, a pesar de mi bajo desempeño, parecía un rehabilitado que hubiera logrado encaminarse hacia el ejercicio honroso de una profesión, rescatado del camino deliberado del error y la mediocridad por el que había optado como fuente de felicidad y sentido de la vida.
En esos vaivenes estaba cuando leí un cuento de Paul Bowles en la revista de la Universidad de Antioquia mientras, recostado en un muro de la universidad, esperaba a que al tedio de las dos de la tarde se uniera el tedio de tener que soportar dos horas continuas de clase de ética profesional. Era tan soso el magistrado que la dictaba que el zumbido de una mosca se imponía dramáticamente sobre su voz, arrullándonos, sirviendo de música a su cantaleta leve sobre la conducta y los valores del jurista.
El cuento se llamaba Un episodio distante. Esa tarde pasé por una librería cercana a la facultad y pregunté si tenían algún libro de Paul Bowles. Afuera, en una silla, con un café sobre la mesa, estaba a quien identificaba como el Doctor Calle. Sabía que era profesor de Derecho Penal por referencias de estudiantes que cursaban el segundo año. En Libélula no había ningún libro de Paul Bowles. -Venga, me dijo. - ¿Le gusta Paul Bowles?
Al día siguiente, cuando pasaba de nuevo por la Avenida Santander a la altura de Libélula me llamó y me dijo que me había traído el libro. Era un ejemplar de El cielo protector que podría haber estado durante décadas en su biblioteca sin deteriorarse. La tapa dura estaba envuelta cuidadosamente en papel de panadería, dejando traslucir hacia los objetos de su propiedad la misma pulcritud de sus modales.
Después de eso podemos habernos encontrado cuatro o cinco veces. Nunca fuimos amigos pero siempre tuve la sensación de que nos identificábamos como buenos desconocidos, esa situación pulcra en la que difícilmente pueden encontrarse dos personas que encuentran rasgos de empatía en quien no se esfuerzan por conocer. La última vez que nos vimos fue en junio pasado en el Puente Aéreo de Bogotá cuando llegaba de Chile con mi esposa a pasar vacaciones con nuestras familias y él, a su vez, se encontraba con su esposa en la sala de espera. Haciendo un pequeño alto en su extrema prudencia me dijo que estaba un poco enfermo. Nos saludamos en Bogotá y nos despedimos en Manizales. Ayer murió. Fue posiblemente uno de los desconocidos a quien más me habría gustado conocer.
Era febrero del año 2000 y estaba saliendo de una larga etapa de peleas, motos, trasnocho y malos manejos. Casi ya en el culmen de una minuciosa y disciplinada carrera hacia el fracaso, con la determinación a medias entre vagar por el mundo por lo que me quedaba de vida o tomar un camino que honrara a los demás mientras me deshonraba a mí mismo, me inscribí para estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Conseguí novia, hacia visita de novios, iba a conciertos de música clásica y desdecía de lo que verdaderamente era con cada cosa que hacía.
Toda esa situación me ponía muy triste. En general fui un mal estudiante con pequeños destellos de suerte y pequeñísimos destellos de talento. Sin embargo, a pesar de mi bajo desempeño, parecía un rehabilitado que hubiera logrado encaminarse hacia el ejercicio honroso de una profesión, rescatado del camino deliberado del error y la mediocridad por el que había optado como fuente de felicidad y sentido de la vida.
En esos vaivenes estaba cuando leí un cuento de Paul Bowles en la revista de la Universidad de Antioquia mientras, recostado en un muro de la universidad, esperaba a que al tedio de las dos de la tarde se uniera el tedio de tener que soportar dos horas continuas de clase de ética profesional. Era tan soso el magistrado que la dictaba que el zumbido de una mosca se imponía dramáticamente sobre su voz, arrullándonos, sirviendo de música a su cantaleta leve sobre la conducta y los valores del jurista.
El cuento se llamaba Un episodio distante. Esa tarde pasé por una librería cercana a la facultad y pregunté si tenían algún libro de Paul Bowles. Afuera, en una silla, con un café sobre la mesa, estaba a quien identificaba como el Doctor Calle. Sabía que era profesor de Derecho Penal por referencias de estudiantes que cursaban el segundo año. En Libélula no había ningún libro de Paul Bowles. -Venga, me dijo. - ¿Le gusta Paul Bowles?
Al día siguiente, cuando pasaba de nuevo por la Avenida Santander a la altura de Libélula me llamó y me dijo que me había traído el libro. Era un ejemplar de El cielo protector que podría haber estado durante décadas en su biblioteca sin deteriorarse. La tapa dura estaba envuelta cuidadosamente en papel de panadería, dejando traslucir hacia los objetos de su propiedad la misma pulcritud de sus modales.
Después de eso podemos habernos encontrado cuatro o cinco veces. Nunca fuimos amigos pero siempre tuve la sensación de que nos identificábamos como buenos desconocidos, esa situación pulcra en la que difícilmente pueden encontrarse dos personas que encuentran rasgos de empatía en quien no se esfuerzan por conocer. La última vez que nos vimos fue en junio pasado en el Puente Aéreo de Bogotá cuando llegaba de Chile con mi esposa a pasar vacaciones con nuestras familias y él, a su vez, se encontraba con su esposa en la sala de espera. Haciendo un pequeño alto en su extrema prudencia me dijo que estaba un poco enfermo. Nos saludamos en Bogotá y nos despedimos en Manizales. Ayer murió. Fue posiblemente uno de los desconocidos a quien más me habría gustado conocer.
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